La historia de Ícaro

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La historia de Ícaro
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En la mitología griega, Dédalo era un extraordinario inventor que se encontraba atrapado junto a su hijo Ícaro en la isla de Creta.

Para escapar, Dédalo construyó dos pares de alas utilizando plumas unidas con cera. Antes de emprender el vuelo hizo una advertencia a su hijo:

“no debes volar demasiado cerca del mar, porque la humedad podría estropear las alas, pero tampoco debes elevarte demasiado, porque el calor del sol podía derretir la cera y hacer que las alas se desprendan”

Al principio, Ícaro siguió las indicaciones de su padre. Pero ocurrió algo extraordinario: descubrió que podía volar. Entusiasmado por aquella sensación de libertad el joven comenzó a subir cada vez más. Ignoró las advertencias de su padre y se acercó demasiado al sol. La cera comenzó a derretirse, las plumas se desprendieron e Ícaro cayó al mar.

Durante siglos, esta historia ha sido interpretada como una advertencia contra la desobediencia, la rebeldía e incluso la ambición desmedida. Pero también podemos encontrar en ella otra enseñanza.

El problema de Ícaro no fue querer volar. Las alas habían sido construidas precisamente para eso. Tampoco estaba mal disfrutar de la libertad que acababa de descubrir. Su tragedia comenzó cuando perdió la noción de sus propios límites.

Y hay un detalle importante: Dédalo tampoco le pidió que permaneciera cerca del suelo. Le aconsejó no volar ni demasiado bajo ni demasiado alto. Le estaba enseñando a encontrar el equilibrio.

Quizás esa sea una de las lecciones más vigentes del mito de Ícaro. En la vida necesitamos sueños, ambición y hasta cierta rebeldía para atrevernos a llegar a lugares nuevos. Pero también necesitamos reconocer nuestros límites y escuchar las advertencias de quienes tienen más experiencia.

Porque aspirar a volar más alto no tiene nada de malo. El peligro comienza cuando creemos que, por haber aprendido a volar, nada puede hacernos caer.

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