Atesorando un verdadero amor
Cuando se habla de amor, a veces se le reduce a una vivencia de agradable inspiración, pero el amor, es más que un estado sentimental. Se le debe cuidar y abonar con un darse sincero y respetuoso, sin prejuicios ni imposiciones.
No se reduce sólo a la vivencia de parejas, sino que abarca toda relación humana: en la familia, en el trabajo, en la comunidad, sea ésta social, política o religiosa.
El amor es un sentimiento que requiere de una respuesta, de un compromiso. Es una vivencia de un darse, que se transforma en un servicio sincero.
El verdadero amor es atesorado siempre porque lleva consigo paz, alegría, seguridad e invita a ser recíproco; de no ser así…el amor que se ofrece limpiamente llega a doler, porque:
El amor duele…cuando es objeto de indiscriminada agresión.
El amor duele…cuando conlleva insensible explotación.
El amor duele…cuando se burla irrespetuosamente de ilusiones ajenas.
El amor duele…cuando hay indiferencia hacia el prójimo sufriente.
El amor duele…cuando se incumplen irresponsablemente los deberes.
El amor duele…cuando por imprudencia se ocasiona dolor.
El amor duele…cuando un falso amor causa sufrimiento y hasta decepción.
El amor duele…cuando; a veces impunemente; se profana a los inocentes, física y emocionalmente avasallando su dignidad.
El amor verdadero y sincero no se somete al tiempo ni al espacio…él, ese amor lo llena todo.
Hay un amor supremo, para quienes somos creyentes, que abrazó el dolor y así llegar a ser redentor…el de Jesús, el Señor.
Si se vive la transparencia de un verdadero amor…aunque no se le conozca, se vive, se honra a Dios porque Dios es AMOR.
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