Que la vergüenza cambie de bando

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Que la vergüenza cambie de bando
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Que la vergüenza cambie de bando, es una frase que se volvió mundialmente conocida a raíz del impactante caso de la francesa Gisele Pelicot. Su entonces esposo la drogó y grabó durante una década para que más de 50 hombres abusaran de ella mientras permanecía inconsciente. La valiente decisión de Pelicot de renunciar al anonimato y exigir un juicio público acuñó esta frase que traslada la deshonra social directamente hacia los perpetradores.

Para que  la vergüenza cambie de bando se requieren transformaciones profundas en la estructura de nuestra sociedad para erradicar la violencia sistemática y dañina que sufren tantas mujeres hoy en día. La violencia dirigida hacia las mujeres suele encontrar un aliado sumamente eficaz en un «cómplice silencioso»: el miedo y la vergüenza que las víctimas experimentan al intentar alzar la voz o denunciar formalmente a su agresor. Los abusadores conocen perfectamente este fenómeno paralizante y lo utilizan estratégicamente a su favor para perpetuar sus actos. Estos sentimientos de desprotección, miedo y vergüenza permiten frecuentemente que las agresiones escalen en intensidad hasta que, en muchos casos, resulta ser ya demasiado tarde para actuar.

Existen barreras como el miedo tangible a perder el sustento económico o el empleo cuando el abuso es ejecutado desde una posición de poder jerárquico. A esto se suma la vergüenza de someterse al escarnio público y al estigma social. Es común observar un manejo deficiente por parte de los medios de comunicación, que sitúan a la víctima casi como la culpable de su propia tragedia. Este juicio se replica ferozmente en las redes sociales cuando se cuestiona y castiga   nuevamente a la mujer.

Tradicionalmente, la sociedad ha educado a las mujeres para ser el pilar fundamental de la familia y mantener la armonía en el espacio que ocupen, bajo la premisa de mantener ese equilibrio, muchas mujeres terminan por «achicarse» para no incomodar, callando actos violentos para evitar escándalos públicos, cargando silenciosamente con el peso de la violencia,  los abusos y la agresión. En consecuencia, la vergüenza solo cambiará de bando cuando se logre un empoderamiento real de las mujeres, fortaleciendo la autoestima y la confianza de las niñas desde la primera infancia de manera sistemática y constante como parte de su proceso de formación.

Para que la vergüenza cambie de bando es imperativo que las políticas públicas, las instituciones y el marco legal actúen de forma integral para combatir la impunidad que el temor promueve. El foco debe estar en los agresores, ellos son los que deben sentir la vergüenza de sus actos.

Que este mes de marzo en que se conmemora el Día Internacional de la Mujer sea un espacio propicio para reflexionar y actuar en consecuencia con las acciones necesarias para que efectivamente, la vergüenza cambie de bando.

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