El poder que no elegimos: Actores globales y el desafío democrático en la era digital
Aprovechando la coyuntura nacional, del inicio de la gestión presidencial de la nueva Presidente de la República, conviene detenernos un momento… y reflexionar sobre el contexto en el que inicia esta nueva etapa de gobierno.
Hemos hablado en otros comentarios de cómo ha cambiado el poder en el mundo actual. Hoy queremos dar un paso más…y mirar con mayor claridad a esos actores que influyen en nuestras vidas pero que no elegimos en las urnas.
Porque sí… aunque votamos por un equipo para gobernar, lo cierto es que muchas de las decisiones que afectan nuestra economía, nuestra información… y hasta nuestras percepciones, no pasan por procesos democráticos.
Hablamos, en primer lugar, de las grandes corporaciones tecnológicas.
Empresas que gestionan redes sociales, plataformas digitales y sistemas de inteligencia artificial y que hoy tienen la capacidad de definir qué vemos, qué consumimos…y cómo interpretamos la realidad.
A través de algoritmos, organizan la información, priorizan contenidos y, en muchos casos, influyen en procesos políticos y electorales.
Pero no son los únicos. También están los grandes fondos de inversión y corporaciones financieras globales, que determinan, no pocas veces, hacia dónde se mueve el capital, qué economías crecen… y cuáles enfrentan restricciones. Sus decisiones pueden impactar directamente en políticas públicas, en el empleo… y en las condiciones de vida de las personas.
A eso se suman los organismos internacionales, que, aunque cumplen un rol importante en la cooperación global, establecen lineamientos que muchas veces condicionan decisiones nacionales.
Y hay otros actores menos visibles, pero igualmente influyentes: Las empresas que gestionan datos. Organizaciones que recopilan información sobre nuestros hábitos, preferencias y comportamientos, y que utilizan esos datos para segmentar mensajes, orientar consumo e incluso influir en decisiones colectivas. Todo esto configura un nuevo escenario: un sistema donde el poder se distribuye… pero no necesariamente se democratiza. Frente a esta realidad, según nuestro parecer, el gran desafío para una nueva administración no es rechazar estos actores, sino comprenderlos, relacionarse con ellos, regularlos… y equilibrarlos, siempre en función del bien común.
Porque la tecnología y la economía global son parte del presente… y también del futuro.
Pero ese futuro debe construirse con principios claros: transparencia, equidad, participación… y respeto por la dignidad humana. Aquí es donde el papel de la ciudadanía, y especialmente de los territorios rurales, cobra un valor fundamental. Recordemos también que la democracia no se limita al voto, sino además de elegir personas que mejoren la institucionalidad cada día, debemos estar muy atentos a vigilar sus desempeños en los cargos para los cuales fueron electos.
Cuando la ciudadanía comprende su realidad, participa y defiende activamente su derecho a decidir, a supervisar y a defender su propio destino ante sus representantes electos. Una sociedad informada, crítica y participativa es la mejor garantía para que el poder, aunque cambie de forma, no pierda su sentido democrático.
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