Para hacer el bien 11 de julio, 2025
Ayer nos detuvimos entre lápidas que narran la vida silenciosa de un país. Hoy, miramos cómo ese cementerio, impulsado por la Junta de Caridad, se convirtió en algo mucho más grande: el cementerio de todos.
Con el paso del tiempo, San José creció. Nuevos barrios, nuevos rostros, nuevas creencias. Pero el Cementerio General siguió acogiendo a todos. Fue pionero en Costa Rica al permitir el entierro de católicos, masones, evangélicos, judíos y agnósticos. La tierra no preguntaba por religión, preguntaba por amor y memoria.
Sectores enteros se organizaron: el masónico, con símbolos geométricos; el de los extranjeros, con epitafios en inglés, alemán, francés. Había zonas para mártires, para artistas, para quienes nadie reclamó.
Y fue nuevamente la Junta de Caridad, futura JPS, quien garantizó que este lugar no se fragmentara por credos ni por clases sociales. Que el respeto cruzara todas las tumbas. Que la caridad también se mostrara en la tolerancia.
Porque mientras algunos construían templos para los vivos, la Junta construyó un templo para todos los muertos. Un templo que, con cipreses por columnas y cielo abierto como techo, nos recuerda que la humanidad compartida no termina con el último aliento.
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