Una apuesta por la formación integral

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Una apuesta por la formación integral
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“Como rector de una universidad especializada en la formación docente, ¿qué recomendación haría a quienes dirigirán el sistema educativo del país?”, me consultó un periodista a propósito del anuncio de las nuevas autoridades del Ministerio de Educación Pública.  “Podríamos hablar días de esto, pero si debo dar una respuesta puntual, recomendaría apostar por la formación integral y hacerlo de manera transversal en todo el sistema educativo”, respondí.  Para lograrlo, considero urgente implementar tres aspectos fundamentales en toda institución educativa.

Primero, independientemente de la carrera o grado que se enseñe, la formación de los estudiantes debe tener un profundo sentido de trascendencia.  Los profesores deben procurar que quienes han tenido la oportunidad y el privilegio de estudiar comprendan que ello implica la responsabilidad de ir más allá de sí mismos y de sus aspiraciones personales; para que, sin abandonar sus metas, trabajen y ayuden a otros en situaciones difíciles o con menos oportunidades.  La educación no puede ser cerrada ni autorreferencial.  El peor fallo de un profesor es educar “dentro de muros”.

Segundo, y siguiendo al papa Francisco (qdDg), más allá de la orientación social o técnica de un programa de estudios, todo educador debe enseñar a sus alumnos tres lenguajes: el de la cabeza, para fortalecer su capacidad de pensar, analizar y desarrollar criterio crítico; el de las manos, para que sepan hacer por sí solos y transformar positivamente su realidad; y el del corazón, para que aprendan a sentir y encuentren dentro de sí mismos la motivación y la pasión necesarias para emprender sus proyectos.  Estos tres lenguajes deben enseñarse y aprenderse al unísono, de forma tal que el estudiante aprenda a pensar lo que siente y hace, sentir lo que piensa y hace, y hacer lo que piensa y siente.

Tercero, es necesario fomentar el humanismo y la creatividad en los salones de clase.  Esto se logra al propiciar una “informalidad respetuosa” y el coraje para asumir “riesgos racionales” al formar a los estudiantes.  La educación integral es incompatible con un ambiente rígido, distante y repetitivo.  La cercanía, la sonrisa y el premio a la creatividad deben ser la norma para motivar y generar confianza.  Solo así podremos impartir una educación capaz de transformar personas y responder, con creatividad y excelencia, a los grandes desafíos del país.

“Sentido de trascendencia; enseñar y aprender a pensar, hacer y sentir; y propiciar un ambiente cercano que permita asumir riesgos racionales, son aspectos clave para implementar una verdadera formación integral y transformadora”, le repetí al periodista antes del cierre de edición.  “¿Es eso posible en nuestro sistema educativo en Costa Rica, Rector?”, “por supuesto”, le contesté, “basta con que formemos adecuadamente a quienes nos forman”.

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