Independencia Judicial: fortaleza de la democracia de Costa Rica

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Independencia Judicial: fortaleza de la democracia de Costa Rica
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Cada 15 de setiembre recordamos que hace 205 años Costa Rica decidió gobernarse a sí misma. Fundar una República nos obligó a aprender que hacerlo nunca significó que alguien pudiera dirigir sin límites.

Una República no es solo un territorio, ni un calendario electoral, ni unos edificios. Es una comunidad que acepta vivir bajo reglas. Reglas que obligan a quien tiene poco poder y también a quien tiene mucho. Reglas que se respetan cuando favorecen y cuando incomodan.

Es fácil respetar una sentencia cuando nos da la razón y limitan al adversario. Es fácil invocar la Constitución cuando respalda lo que ya queríamos hacer. La prueba democrática llega cuando la ley nos dice que no.

Costa Rica lo entendió temprano. Después de 1948 el país construyó su paz social fortaleciendo el sistema electoral y protegiendo al Poder Judicial de los vaivenes políticos. Por eso nuestra Constitución dispone, en su artículo 154, que el Poder Judicial sólo está sometido a la Constitución y a la ley.

Esa frase es una garantía ciudadana para que nadie tenga que preguntarse, antes de entrar a una sala de justicia, quién gobierna, quién tiene mayoría o quién decide el presupuesto. Existe para la mujer que reclama una pensión alimentaria, para el empresariado que busca que se respeten sus contratos, para el vecino que denuncia un abuso, para quien algún día deba enfrentarse a alguien más poderoso que él.

Sin embargo, lo que hemos alcanzado puede perderse progresiva y casi imperceptiblemente. La manera de debilitar las reglas sin romperlas es buscarles la costura, rodearlas con ingenio, y tratar cada límite como un obstáculo que conviene sortear. El crimen organizado lo hace por oficio. Pero, cuando lo hacen quienes juraron respetar la Constitución, el daño es mayor, porque el ejemplo público educa.

Una autoridad que respeta un límite incómodo enseña democracia. Una autoridad que lo trata como un estorbo también enseña algo. Y esa segunda lección dura mucho más que cualquier período de gobierno.

Hace 205 años conquistamos el derecho a gobernarnos. Esa independencia no estará completa mientras no seamos capaces de gobernarnos dentro de límites. Ser independiente no es solamente poder decidir por uno mismo. Es tener la madurez de aceptar que ningún poder puede decidirlo todo. Que las diferencias se resuelven en las instituciones. Que las sentencias se discuten, se recurren, se critican y se respetan. Y que ninguna mayoría es más grande que la Constitución y sus principios.

Eso también es independencia. Y conviene recordarlo hoy.

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