El sepulcro de Jesús
Las conversaciones de aquel sábado en Jerusalén eran sobre el sepulcro. Se decía que dos discípulos, después de la muerte de cruz, habían tratado al cuerpo de Jesús como si fuera un Rey, se esmeraron en cuidados especiales, gastaron mucho dinero y cumplieron rigurosamente con las tradiciones; sería por mucho, el sepulcro más especial de todos.
¿Quiénes habían sido esos? Para sorpresa de todos, reconocidos maestros de la ley: José de Arimatea y Nicodemo.
De José de Arimatea se sabía que era seguidor de Jesús en secreto, su grupo de maestros de la ley eran enemigos poderosos de Jesús, por esto él no había tenido la valentía de confesar su fe en público; pero el viernes anterior, por la tarde, fue conmovido por la muerte horrenda del Maestro. Entonces ya no se pudo contener, reveló su amor por Jesús y pidió su cuerpo a Pilato. Había que honrar al Maestro.
De Nicodemo se decía que había buscado a Jesús una noche, escondido y en la penumbra le escuchó decir “tendrás que renacer”, conoció a la persona de la salvación, conoció al Redentor. Él lo sabía, había muerto el enviado por el Padre a salvar a sus escogidos, por supuesto que mostraría su amor a Él cuidando de su cuerpo.
Cómo si se hubieran puesto de acuerdo, José de Arimatea pidió el cuerpo y Nicodemo llevó 34 kilos de mirra y aloe para prepararlo.
En cumplimiento riguroso de la tradición judía lo envolvieron en vendas con especies aromáticas. No fue sencillo, tuvieron que hacerlo cuidadosamente ya que el cuerpo estaba desfigurado, molido y destrozado, había recibido todo el odio de sus enemigos y pagó los pecados ante Dios, hasta Su Padre le abandonó.
El cuerpo también merecía el mejor de los sepulcros, un jardín precioso sería la antesala del lugar donde reposaría; no solamente hermoso, era un sepulcro nuevo, especial para Él, el lugar donde se tendería su cuerpo no sería para nadie más, solo para Él. No repararon en gastos, era la tumba en la que se pondría el cuerpo precioso del Maestro, tenía que ser especial, un sepulcro para la realeza.
Las conversaciones de aquel sábado en Jerusalén eran sobre el sepulcro, las vendas, las especies y el jardín, pero el domingo la conversación era otra, era sobre el sepulcro vacío, Jesús había resucitado. El sábado del sepulcro, el domingo de la resurrección.
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