País y habitantes endeudados…
Durante años, el país ha sostenido niveles de deuda pública superiores al 60% del PIB, un umbral que activa restricciones como la regla fiscal y limita la inversión en áreas estratégicas. Sin embargo, el debate público con frecuencia se desvía hacia comparaciones simplistas, como equiparar la situación costarricense con la de economías desarrolladas altamente endeudadas. Estas comparaciones no solo son imprecisas, sino peligrosamente engañosas.
No es lo mismo una economía con alta capacidad productiva, moneda de reserva global y acceso privilegiado a financiamiento internacional, que un país en desarrollo con limitaciones estructurales, menor crecimiento y una base fiscal estrecha. La sostenibilidad de la deuda no depende únicamente del porcentaje sobre el PIB, sino de la capacidad real de generar ingresos, invertir eficientemente y mantener la confianza de los mercados. En este sentido, Costa Rica enfrenta una realidad más frágil de lo que algunos discursos pretenden admitir.
Preocupa mucho la normalización del endeudamiento en la vida cotidiana. Cerca de la mitad de la población mantiene algún tipo de deuda, y el endeudamiento per cápita ha crecido de forma acelerada en la última década. Esto no es solo un fenómeno económico, sino cultural. Se ha instalado la idea de que consumir hoy y pagar después es no solo aceptable, sino deseable. Lo peor, un proveedor importante de esos créditos es el capital de dudosa procedencia, que se ha aprovechado del ignorante y vulnerable.
Ya no solo hay crédito para bienes duraderos; ahora incluso el consumo básico puede financiarse a plazos. Poder pagar el diario a 12 meses no es un avance en inclusión financiera: es una señal alarmante de distorsión económica y social.
Este modelo tiene consecuencias profundas. El sobreendeudamiento de los hogares reduce su capacidad de ahorro, los vuelve más vulnerables ante shocks económicos y limita su movilidad social. A nivel país, una población altamente endeudada restringe el crecimiento del ahorro interno, que es precisamente uno de los motores más importantes para financiar inversión productiva sin depender excesivamente del endeudamiento externo.
Costa Rica necesita un cambio urgente de rumbo. No se trata de eliminar el crédito, que es una herramienta válida y necesaria en una economía moderna, sino de recuperar el equilibrio. Es imprescindible fortalecer la educación financiera, promover hábitos de consumo responsables y establecer regulaciones más estrictas sobre las prácticas crediticias abusivas.
Más importante aún, el país debe reencontrarse con el valor del ahorro. El ahorro interno no solo brinda seguridad a las familias, sino que también constituye una base sólida para el desarrollo económico sostenible. Sin ahorro, no hay inversión; sin inversión, no hay crecimiento real.
La deuda, cuando se usa con prudencia, puede ser una herramienta de desarrollo. Pero cuando se convierte en un estilo de vida, en una solución automática o en un sustituto del ingreso real, se transforma en una trampa. Costa Rica aún está a tiempo de corregir el rumbo, pero hacerlo requiere reconocer la magnitud del problema y asumir la responsabilidad colectiva de cambiar la cultura que lo sostiene.
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