Quiénes éramos, quiénes somos y quiénes seremos
Costa Rica siempre ha sido reconocida por su vocación pacífica, por la serenidad de su gente y por una identidad nacional construida alrededor de valores sólidos que trascendieron generaciones; recordarlo no es vivir en la nostalgia y en el pasado, sino es un punto de referencia fundamental.
Fuimos una Costa Rica tranquila, respetuosa, solidaria y soñadora. Un país donde la convivencia era sana, donde la palabra tenía valor y donde la confianza mutua hacía posible que, a pesar de nuestras diferencias, compartiéramos un mismo destino. Ese país, aunque transformado, sigue vivo en la memoria colectiva y en la esencia de lo que aspiramos a ser.
Pero hoy debemos reconocer con honestidad, ¿quiénes somos? Vivimos en una Costa Rica más violenta, marcada por el irrespeto cotidiano y por un individualismo creciente que fractura el tejido social. La inseguridad, la agresividad y la polarización han ido ocupando espacios que antes pertenecían a la confianza y a la armonía. Sin embargo, en medio de este panorama complejo, todavía subsiste algo profundamente nuestro: la esperanza. Aunque avanzamos un día a la vez, con incertidumbre, la mayoría de los costarricenses mantiene el deseo sincero de recuperar la tranquilidad perdida. Esa esperanza es un faro que nos recuerda que no todo está perdido, que aún es posible recomponer el rumbo.
Y es precisamente aquí donde debemos plantearnos quiénes seremos. El futuro no está escrito; depende de nuestras decisiones colectivas. El próximo primero de febrero no es simplemente una fecha electoral más, sino un punto de inflexión en la historia reciente del país. El voto que emitamos ese día tendrá un impacto que trascenderá la política coyuntural: marcará el tipo de Costa Rica que heredarán nuestros hijos y nietos.
Por eso, el voto no puede ser una sacada de clavo. No puede ser una venganza ni una reacción impulsiva nacida de la ira. Debe ser un acto profundamente consciente, un ejercicio de madurez cívica, una decisión tomada desde la razón, el amor por la patria y la responsabilidad con las generaciones futuras. Si votamos desde el enojo, estaremos hipotecando el futuro. Si votamos desde la sensatez, estaremos sembrando paz, estabilidad y buen porvenir. Tampoco el abstencionismo no debe ser una opción como reclamo cívico.
Seremos lo que la inmensa mayoría decidamos ser y no lo que una minoría decida. Podemos continuar en un camino de deterioro, violencia y división, o podemos optar por reconstruir aquello que nos hizo únicos: la convivencia pacífica, el respeto mutuo, la solidaridad y la capacidad de soñar juntos.
Este es un momento para detenernos, mirarnos como país y preguntarnos con sinceridad hacia dónde queremos caminar. No se trata de nostalgias vacías, sino de visión. No se trata de miedo, sino de responsabilidad. El próximo primer febrero se definirá mucho más que un cargo público: se definirá quiénes seremos como nación.
Porque el futuro de Costa Rica no es obra del azar. Es obra de nuestra decisión. Y esa decisión se toma, con sabiduría y esperanza, en las urnas. Costa Rica necesita recuperar su equilibrio y su propósito, y ese esfuerzo comienza con el voto informado, consciente y responsable.
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