¡Que hable Dios!

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¡Que hable Dios!
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En las postrimerías de la década de los sesenta, el entonces profesor de teología Joseph Ratzinger, quien fuera posteriormente el Papa Benedicto XVI, advertía sobre un futuro para la humanidad “sin Dios”. Decía entonces que si esto ocurría la humanidad experimentaría “su absoluta y horrible pobreza” y “su indescriptible soledad”.

Hoy, Viernes Santo, es un día para que la humanidad no solo se acuerde de Dios sino para permitir que sea Dios el que hable. Para nosotros creyentes, en un país que aún afianza su fe en el Señor, estos días santos son el centro del misterio en que creemos: la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

Aunque la vorágine en que se envuelve nuestra sociedad nos impide a veces profundizar o dar espacio a la espiritualidad, es necesario que hagamos una pausa para meditar, para pensar hacia dónde vamos, para reflexionar en nuestro futuro más allá de esta vida.

Nosotros, creyentes, trabajamos en este mundo con la mirada puesta en la vida eterna, con la mirada puesta en algo que hay más allá, o mejor dicho, en alguien que nos espera, que vino hace más de dos mil años para nuestra salvación.

Respetamos a quienes no creen en Dios, pero, un día como hoy, y en el marco de esta Semana Mayor, también pedimos respeto para las convicciones de un pueblo que cree y peregrina hacia esa patria prometida en el cielo.

Como lo he dicho en otros momentos, muchos quisieran que nuestra fe se viva en lo privado, en lo oculto o escondido, pero tenemos como derecho humano la posibilidad de practicar y testimoniar lo que creemos, sin irrespetar a nadie.

En medio de la liquidez en que a veces vive la humanidad, o de valores efímeros que cambian como la moda, hoy los creyentes clamamos al cielo y agradecemos a Dios por la entrega de amor que cambió la historia de la humanidad. La presencia de Jesucristo entre nosotros, además del hecho de fe que conmemoramos, es también un hecho histórico que transformó el mundo para siempre.

Hago eco de las palabras de San Cirilo de Jerusalén quien, en una de sus catequesis, afirmaba: “Que no nos dé vergüenza la Cruz del Salvador, e incluso gloriémonos en ella (…) Pues, como se ha dicho, no se trataba de un simple hombre que moría en favor nuestro, sino de Dios, el Hijo de Dios hecho hombre”.

Hoy es un día para que hable Dios, para que podamos manifestar nuestra fe y presentar también la riqueza de la humanidad, esa riqueza que Dios mismo asumió, por amor y misericordia en favor nuestro.

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