Primer tratado global para frenar la contaminación plástica

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Primer tratado global para frenar la contaminación plástica
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En Ginebra, a orillas del lago Léman, el mundo intenta ponerse de acuerdo. Delegados de más de 170 países han llegado hasta la sede de las Naciones Unidas con una misión urgente: acordar el primer tratado global jurídicamente vinculante para frenar la contaminación plástica. Un desafío que, a simple vista, parece técnico… pero que es, en el fondo, profundamente político.

Desde 1950, la humanidad ha producido más de 8 mil millones de toneladas de plástico. Menos del 10% se ha reciclado. El resto ha terminado en rellenos sanitarios, ríos y mares… y en nuestro propio organismo, en forma de microplásticos. La ciencia lo advierte: el daño no es solo ambiental, también es sanitario y económico.

Pero en las salas de negociación, las visiones chocan. Una amplia coalición de países exige atacar el problema desde la raíz: limitar la producción de plástico virgen. Es decir, fabricar menos. Reducir la dependencia global de un material derivado, en su mayoría, del petróleo y el gas.

Enfrente, un bloque compacto de países petroleros, encabezados por Arabia Saudita, Rusia, Irán y Kuwait, rechaza de plano esa idea. Para ellos, el tratado debe centrarse únicamente en lo que ocurre al final del ciclo: reciclar, gestionar residuos… pero nunca regular cuánta materia prima se produce.

No es solo una cuestión de política ambiental. También es economía. El plástico representa un mercado multimillonario para la industria petroquímica. Y esa industria está presente en Ginebra: más de 230 representantes vinculados al petróleo y la petroquímica, algunos integrados incluso en delegaciones oficiales, participan en las conversaciones. Organizaciones ambientales alertan que este nivel de lobby podría diluir la ambición del texto final.

En la ronda anterior, en Busán, Corea del Sur, las negociaciones se estancaron. Hoy, en Ginebra, se repite la tensión. Las delegaciones petroleras piden unanimidad para cada decisión, introducen cláusulas vagas y frenan cualquier referencia a la reducción de producción.

Mientras tanto, afuera, una instalación artística muestra a “El pensador” de Rodin hundido en una montaña de desechos plásticos. Un recordatorio visual de lo que está en juego. Porque ahí no se debate solo un documento… se debate si el mundo será capaz de detener la marea de plástico antes de que nos sepulte.

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