No ceguemos las fuentes de la vida

Panorama Digital
No ceguemos las fuentes de la vida
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No hay mayor tesoro como la vida, puesto en nuestras manos por Dios. No lo igualan ni el poder ni el placer, premios, dinero, bienes u honores. El Estado protege la vida, pero no la crea. Tampoco el hombre tiene ese poder plenamente, apenas participa. Por tanto, no se crea a sí mismo. Estamos hablando de un derecho natural que debe respetarse.

Cuando un grupo de españoles contrató al ginecólogo Bernard Nathanson para fundamentar la promulgación de una ley abortista, este les contestó, cuando ya comenzaba su respeto a la vida, lo siguiente: “Como científico, no es que crea, es que sé, que la vida empieza en el momento de la concepción y debe ser inviolable”. Esto lo dijo en el folleto que él mismo elaboró y distribuyó: “ Yo practiqué cinco mil abortos”. Era en el año 1968.  También les afirmó: “Pese a que no profeso ninguna religión, pienso que existe una Divinidad que nos ordena poner fin a este triste, inexplicable y vergonzoso crimen contra la humanidad”. (op.cit.).

Además, les dijo: “Puedo asegurarles que si esta clase de Ley es aprobada en España se abusará de ella y será utilizada para justificar el aborto en todos los casos”. (ibidem). Asimismo, les expresó: “Hoy, con técnicas modernas se pueden tratar en el interior del útero muchas enfermedades, incluso operaciones quirúrgicas hasta de cincuenta clases. Son estos argumentos científicos los que han cambiado mi modo de pensar. Fíjense: si el ser concebido es un paciente al que se le puede tratar, entonces es una persona, y si es una persona tiene derecho a la vida y a que nosotros procuremos conservarla”. (op.cit.). Podrían nombrarse más opiniones de este autor, mas es conveniente referirse a su libro La Mano de Dios, publicado en 1997. En ese entonces se le llamaba en Estados Unidos “El Rey del Aborto”. En esta obra cuenta los recursos a que acudió para lograr la promulgación de su ley abortista de 1973.

En este libro anota el autor las innumerables razones invocadas para lograr su ley federal: alteración de estadísticas, combate de opiniones adversas, usos de medios de comunicación, etc. Si bien existía el aborto en Nueva York, no existía una ley federal que le facilitara el aborto a los demás estados. Ahora pasemos al caso de nuestro país, pues si bien se altera el número de abortos clandestinos, desgraciadamente también existe el abominable crimen del feminicidio y del crimen del hombre u homicidio. Ambos deben rechazarse en todos los tribunales de justicia. Mucho ganaría el país si así se hiciera.

En definitiva, no ceguemos las fuentes de la vida.

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