Longevidad y calidad de vida: la brecha urbana–rural

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Longevidad y calidad de vida: la brecha urbana–rural
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Es fácil perder de vista la importancia de vivir tiempo de calidad. La prisa, las pantallas y la productividad como señal de éxito nos distraen de lo esencial: disfrutar el presente, conectar con el entorno y cuidar la salud del cuerpo y del espíritu.

En Costa Rica vale preguntarse: ¿existe una disparidad entre ciudad y campo a la hora de vivir con calidad y de vivir más? Con matices, la respuesta es sí; comprenderla ayuda a tomar mejores decisiones públicas y comunitarias.

Las áreas urbanas concentran oportunidades, innovación y servicios, pero también costos: contaminación del aire, ruido persistente, largos traslados que restan descanso y afecto, y niveles de estrés que, si no se gestionan, dañan la salud mental. A ello se suma el sedentarismo propio de jornadas prolongadas frente a pantallas y de barrios con escasos espacios verdes. No todo es negativo: en la ciudad, suele haber mayor acceso a hospitales, clínicas, especialistas y una oferta para la diversión diversa. Sin embargo, el ritmo urbano, por sí solo, no garantiza bienestar.

En el mundo rural, el reloj corre distinto. Hay más contacto con la naturaleza, alimentos frescos y la posibilidad de caminar el territorio con el cuerpo y con la memoria. Esa cercanía con lo simple favorece la salud cardiovascular y emocional, reduce el estrés y sostiene vínculos comunitarios sólidos.

También existen retos: distancias mayores para acceder a especialistas, menos transporte público y servicios más dispersos. Aun así, cuando se protegen los bienes comunes —agua, bosque, suelos— y se dinamiza la economía local, el territorio rural se vuelve un aliado de la salud y de la longevidad.

¿Qué tiene que ver todo esto con vivir más y mejor? Mucho. El estilo de vida influye tanto en cuánto vivimos como en cómo vivimos. Menos contaminación, más movimiento, mejor alimentación y redes de apoyo se traducen en mayor bienestar y, con frecuencia, en más años. La ciudad aporta atención médica oportuna; el campo ofrece condiciones preventivas valiosas. La clave es integrar ambos mundos, acercando las ventajas de uno y otro a todas las personas, sin importar su código postal.

De ahí el llamado a los municipios, ministerios, empresas y organizaciones comunitarias: invirtamos en “tiempo de calidad”. Parques de barrio y ciclovías; aceras seguras y rutas de autobús que acorten distancias; ferias del agricultor y comedores escolares que compren a productores locales; centros de salud con telemedicina para territorios rurales; y, en todo lado, cultura viva: talleres de valores, círculos de lectura, clubes de oratoria, rescate de caminos históricos y fiestas patronales que fortalezcan la pertenencia.

La verdadera riqueza no está en correr más, sino en vivir mejor. Hagamos del tiempo un aliado y del territorio —urbano o rural— un hogar que cuide a todas las personas.

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