¿Continuar… o detenernos a pensar?
Muchos crecimos en una Costa Rica que nos enseñó a sentir orgullo sin decirlo en voz alta. Un país donde la educación abría puertas, la salud era una certeza, la seguridad no era un lujo y la convivencia pacífica era parte de nuestra identidad.
No era perfecta, pero funcionaba. Y, sobre todo, avanzaba.
Por eso vale la pena preguntarnos, con calma y honestidad ¿Estamos hoy mejor que hace algunos años? ¿Vivimos con más tranquilidad, más oportunidades y más confianza en el futuro?
Desde 2022, algo cambió. No de un solo golpe, sino poco a poco. La inseguridad dejó de ser una noticia lejana. La confrontación se volvió cotidiana. Instituciones que antes daban estabilidad hoy generan incertidumbre.
Muchos hemos sentido que algo no encaja: listas de espera en la Caja que no disminuyen, escuelas con problemas estructurales, agricultores que no se sienten respaldados, obras pequeñas vendidas como grandes logros, y un clima de tensión que antes no definía al país.
Ni ideologías ni banderas, esto se trata de calidad de vida. De si queremos normalizar vivir con miedo, con menos diálogo y con menos certezas.
La palabra “continuidad” es la moda. Da la impresión de estabilidad. Pero continuar solo tiene sentido cuando la ruta es la correcta… ¿Cuántas rutas hubo correctas?
La pregunta no es a quién apoyar. La pregunta es ¿qué país queremos ser en los próximos años?, y si el camino actual realmente nos acerca a esa Costa Rica en la que creímos y crecimos.
Antes de decidir, resulta necesario detenernos, comparar y pensar con perspectiva. No se trata de nostalgia ni de miedo, sino de responsabilidad. Porque hay decisiones que marcan generaciones, y el rumbo de un país no se define solo por la promesa de continuidad, sino por la capacidad de corregir cuando algo deja de funcionar.
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