La mochila Invisible: Una realidad que no podemos ignorar
Termina un ciclo lectivo. Cada mañana, miles de estudiantes costarricenses caminaron hacia su centro educativo con dos mochilas. Una es visible: llena de libros, cuadernos y lápices. La otra, invisible, está cargada de emociones, miedos y expectativas. Esa segunda mochila pesa más de lo que imaginamos, y si no la atendemos, puede convertirse en un problema social grave.
Las cifras hablan por sí solas. En Costa Rica, el 44% de los estudiantes ha sufrido bullying, según el último informe PISA. Los intentos de suicidio en adolescentes aumentaron un 70% en los últimos tres años, y en menores de 10 a 14 años el incremento fue del 178%. Además, el 38% de universitarios presenta síntomas moderados o severos de depresión. ¿Qué nos dicen estos datos? Que la salud emocional de nuestros jóvenes está en crisis.
Desde las teorías de las ciencias criminológicas, sabemos que las emociones mal gestionadas son factores de riesgo. La teoría de la tensión explica que cuando un estudiante no puede alcanzar sus metas legítimas —por pobreza, violencia en casa o presión académica— se genera frustración que puede derivar en conductas agresivas. La teoría del aprendizaje social nos recuerda que los niños imitan lo que ven: si la violencia se normaliza en casa o en redes sociales, la reproducen en la escuela. Y la teoría del control social advierte que cuando los vínculos afectivos con la familia y la escuela se debilitan, aumenta la probabilidad de comportamientos antisociales.
Pero no todo son malas noticias. Existen programas que han demostrado que la educación emocional puede cambiar vidas. A nivel internacional, iniciativas como RULER de Yale y CASEL en Estados Unidos enseñan a los estudiantes a reconocer y regular sus emociones, mejorando la convivencia y el rendimiento académico, asunto que se puede emular en el país.
Entonces, ¿qué debemos hacer? Primero, incorporar la educación emocional en el currículo nacional, no como un tema opcional, sino como parte esencial de la formación. Segundo, capacitar a todos los docentes en competencias socioemocionales. Y tercero, garantizar apoyo criminológico en cada centro educativo mediante alianzas entre el MEP, Universidades y Profesionales en Ciencias Criminológicas..
Invertir en emociones no es un gasto: es la mejor estrategia para prevenir el delito, reducir la violencia y construir una sociedad más sana. Porque educar el corazón es, también, educar para la paz.
Hoy, cuando vea a un niño o un joven guardar su mochila hasta el siguiente ciclo lectivo, recuerde: la más pesada no es la que lleva en la espalda, sino la que carga en el alma. Y esa, solo la podemos aliviar con empatía, educación y acción.
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