El simbolismo del valor

Gente en Avenida Central tomada el 12-12-08 foto Jose Rivera

La pandemia global del virus Covid-19 evidenció una crisis que ya veníamos viviendo desde hace años y en distintas áreas: salud, turismo, economía y educación. Luego de más de 6 meses, las consecuencias están a la vista de todos: locales y hoteles desocupados; negocios y tiendas cerradas; niños y jóvenes que perdieron todo un año lectivo; emprendimientos cancelados y un desempleo por las nubes.

Pese a esta calamidad, un gran número de costarricenses, economistas y especialistas en temas del manejo de las finanzas, todas personas experimentadas, preparadas y sobre todo altruistas – yo los llamaría patriotas – han saltado a la luz pública en los últimos meses queriendo ayudar, proponiendo nuevas ideas, nuevos estímulos y nuevas formas de hacer economía para resolver la crisis, no solo la del gobierno del Partido Acción Ciudadana, sino la del costarricense común, necesitado, hoy más que nunca, de un empujón para salir adelante.

Pero el gobierno no ha querido escuchar a estos patriotas. No muestra interés en ninguna de las propuestas que ha recibido. Pero, ¿por qué?

Para entenderlo en términos simbólicos, un presidente, un rey, un líder, es aquella persona que reúne en sí mismo, los más altos valores de todos los ciudadanos: y entre todos, es el más capaz, inteligente, valiente, altruista, sabio y abnegado. Por eso, se elige para dirigir al Estado. Simultáneamente, el Estado, que simboliza a un padre, define las leyes y vela por salvaguardar la integridad del ciudadano común, sus hijos. En palabras sencillas, el Estado es el Padre que cuida de sus hijos. Y el líder, que representa al ciudadano común, llega para sacrificarse por los demás. Pues dicho de otra forma, si el ciudadano común -ese, el de los valores- pudiera llegar al poder, no dudaría en sacrificar su vida por los demás.

Lamentablemente, la realidad que vivimos es otra: el esfuerzo del Gobierno, a todas luces insuficiente, deja en evidencia que no tiene la humildad para aceptar la crisis, ni tampoco, que esté dispuesto a sacrificarse. Por el contrario, el único vencedor que se levanta cada vez con más fuerza, es el peor de los antivalores: el orgullo.

En momentos en que Costa Rica navega a la deriva, resolvamos nuestro mayor problema: el de la pérdida de los valores. Por el momento, no perdamos la esperanza. Somos un pequeño país. Hay mucha gente de buenas intenciones. Busquemos la forma de acercarnos en una nueva mesa de negociación. Pongamos a un lado las diferencias y sobre todo practiquemos los valores de la humildad y el sacrificio. Valores, que solo los ciudadanos valientes, ponen sobre la mesa.

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