Cuando la violencia deja de ser un hecho aislado y se convierte en sistema

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Cuando la violencia deja de ser un hecho aislado y se convierte en sistema
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Liberia. Un estudiante de 19 años apuñala a otro de apenas 18. Ambos con uniforme de colegio. Ambos esperando el bus. Ambos con la mochila, de esperar, cargada de cuadernos, sueños y oportunidades en la espalda.

Escazú. Dos hombres discuten en carretera. Uno saca un cuchillo. El otro responde con un arma de fuego. En casa, a ambos, los esperaba la tranquilidad de su hogar… que nunca volvió a ser la misma. Y así, otros casos más. En apenas dos meses y pocos días de este 2026. Distintos lugares. Distintas personas. Mismo resultado.

Y sin embargo, una vez más, pero algunos titulares y análisis los presentan como “casos aislados”, ocurridos en localidades distantes, sin relación entre sí. Nada más lejos de la realidad.

El libreto que ya conocemos después de cada hecho violento, aparece el mismo ritual social. Llegan los expertos. Y también los no tan expertos. Y se repiten las mismas frases de siempre: La culpa es de las series violentas, de las narconovelas, de la música, de los padres que no vigilan ni cuidan, de la falta de protocolos efectivos en el MEP de los políticos de turno, sean oficialistas u oposición… Pero hay un problema con ese libreto: no explica la realidad.

La música ha existido siempre. Las series violentas no nacieron ayer. Los padres funcionales y disfuncionales han coexistido desde siempre. Los hogares unidos y los hogares rotos no son un fenómeno nuevo. La educación pública y privada existen desde hace décadas. Y los políticos —de todos los colores— también. Y aun así, la violencia no discrimina: no distingue clase social, ni nivel educativo, ni estatus político, ni zona geográfica, ni ideología. Porque también ha habido violencia y delincuencia en círculos de poder, en espacios educativos privilegiados y en entornos donde, en teoría, “todo estaba dado”. Entonces, si todo eso ha existido siempre, ¿por qué hoy la violencia se siente más cruda, más frecuente y más normalizada?

 La respuesta incómoda: esto no es cultural, es estructural, es más vinculado al orden público, más relacionado con la falta de enlace real entre instituciones, y con la ausencia de verdaderas políticas públicas de Estado, no de coyuntura.

Veámoslo sin rodeos. En términos simples, el modelo social ofrece dos caminos predominantes: o estudias, lográs un mejor trabajo, estabilidad económica y acceso a crédito para vivienda y mejorar la situación…o no. Así de cruel. Así de binario. Si no lo lográs, se cierran puertas. Y cuando las puertas se cierran, aparecen los atajos: El negocio ilícito, el préstamo gota a gota. El dinero rápido. La promesa de poder sin proceso.

Hay otro elemento todavía más preocupante: El delito como ecuación. Existen delincuentes que calculan el delito. Calculan cuánto podrían recibir de condena. Calculan cuánto se reduce esa condena. Y calculan cuándo salen. Y cuando salen —en muchos casos— no salen rehabilitados. Salen con una sola idea en la cabeza: venganza. Esto demuestra algo gravísimo: no hay castigo ejemplar y no hay reinserción real.

Entonces aclaremos algo. No. No es todo culpa de la música ni de la televisión violenta. No. No es solo culpa únicamente de los padres. No. No es todo culpa del MEP y sus protocolos. Esta situación, luego de analizarla con seriedad, es responsabilidad de un sistema debilitado, incapaz de generar soluciones efectivas y reales.

Un sistema penal evidentemente desfasado. Un sistema penitenciario que de alguna forma  favorece la reincidencia. Un modelo económico que excluye, desplaza y no da tregua. Y una cultura que, poco a poco, lamentablemente, normaliza la violencia y la impunidad.

La reincidencia no es un accidente. Esto hay que decirlo con claridad: La reincidencia no es un error estadístico. No es mala suerte. No es casualidad. El sistema sí detecta al delincuente. Pero no lo detiene de forma eficaz. Tampoco lo disuade y menos no lo reinserta.

Por lo tanto, la actual crisis delincuencial nació en la debilidad de un sistema, de una sociedad que dejó de poner límites claros, que dejó de generar soluciones reales. Mientras sigamos llamando “aislado” y abordando con parches lo que es sistémico, lamentablemente, seguiremos teniendo que sepultar jóvenes y continuaremos preguntándonos, ¿qué pasó… ? Cuando como sociedad en realidad sabemos, perfectamente, qué está pasando.

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