Apoyemos a nuestros agricultores

El reverdecer de mayo brota primero en el corazón del agricultor, acostumbrado a velar sus sembrados. Cuando comemos una papa, una yuca, un rábano o un elote, él está sentado a la mesa.

Nadie puede negar que el agricultor es el artífice de su trabajo y se alegra del bien de darles de comer a sus hermanos, y de recoger unos colones para satisfacer las necesidades de su hogar. Al amanecer, con las primeras luces del día, vigila sus sembrados, los limpia de malas hierbas y los aporca. Al atardecer vuelve a sus sembrados y ruega a Dios, esperanzado, que los proteja noche y día y que sea de ellos su protector. Tal vez por eso su alma de agricultor es humilde y sencilla.

En Antigua, Guatemala, los agricultores indígenas, conscientes de su laborioso trabajo, agrandan el precio de sus productos, pero posteriormente hacen la rebaja. Lo hacen así para que el comprador valore la tarea de velar el avance del producto hasta llegar a la madurez y llevarlo al mercado, casi siempre después de un largo recorrido. Concluido este proceso, el indígena queda contento de la rebaja y de su posterior venta.

Si el agricultor nuestro piensa igual, queda justificado. Al fin y al cabo cultivar la tierra siempre es riesgoso: el clima, el exceso de lluvia, el viento, la falta de agua, etc., pueden hacer perder la cosecha. Eso prueba que quien sabe cultivar la tierra es un artífice merecedor de admiración y aprecio. Por eso, y muchas cosas más, merecen protección.

En un país como Costa Rica, denominado el primero del mundo en libertad de expresión y el quinto en seguridad pública, es una vergüenza nacional la existencia de un 20% de población sumida en la pobreza. Muchos de los cuales son agricultores. Está muy bien invertir dinero para gozar de un legítimo bienestar, pero nos falta coherencia, pues no sabemos convivir porque siendo la primera democracia de América Latina y el Caribe, no debe existir ese vergonzoso 20% o más de pobreza. Esto merece corregirse y hacerse desaparecer. Aún así, recordemos el principio: no olvidar a nuestros queridos y ejemplares agricultores.

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