La prevención se construye desde la educación, no desde el miedo

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La prevención se construye desde la educación, no desde el miedo
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Como profesional de la criminología, cualquier propuesta orientada a llevar niños, niñas y adolescentes a centros penitenciarios con el propósito de evitar que se conviertan en delincuentes debe analizarse con extrema prudencia y, sobre todo, con base en la evidencia científica disponible. La experiencia internacional demuestra que las estrategias fundamentadas en el miedo no necesariamente generan los resultados esperados y, en algunos casos, han producido efectos contrarios a los objetivos preventivos planteados.

Los programas denominados Scared Straight, desarrollados principalmente en Estados Unidos desde la década de 1970, buscaban disuadir a jóvenes en riesgo mediante visitas a cárceles y encuentros con personas privadas de libertad. Sin embargo, diversas investigaciones y revisiones sistemáticas realizadas en 2003 y luego en 2013 por Petrosino y otros concluyeron que estos programas no redujeron la delincuencia juvenil e incluso incrementaron las probabilidades de conducta delictiva en algunos participantes.

Desde la perspectiva de la Criminología Educativa, el objetivo no debe ser infundir temor, sino desarrollar capacidades. Las personas menores de edad requieren herramientas que les permitan construir proyectos de vida positivos, fortalecer su autoestima, aprender a resolver conflictos y desarrollar sentido de pertenencia hacia sus comunidades, en otras palabras, fortalecer los factores protectores y reducir los factores de riesgo que favorecen la conducta antisocial.

Hay muchos casos de éxito sin tener que ir de gira carcelaria. En Islandia, el programa de prevención juvenil conocido como Youth in Iceland logró una drástica reducción en el consumo de sustancias mediante la integración de la familia, la escuela, el deporte, la cultura y el seguimiento comunitario. En lugar de utilizar estrategias intimidatorias, el modelo fortaleció la participación de los jóvenes en actividades recreativas y deportivas, convirtiéndose en una referencia mundial de prevención social. De igual forma, Finlandia ha desarrollado sistemas educativos centrados en el bienestar estudiantil, la convivencia escolar y el apoyo socioemocional, contribuyendo a mantener bajos índices de criminalidad juvenil. En Canadá y Nueva Zelanda también se han impulsado programas basados en la justicia restaurativa, la mediación y la intervención temprana, obteniendo resultados positivos en la reducción de conductas violentas y en la reintegración social de jóvenes en riesgo.

Costa Rica posee condiciones favorables para seguir este tipo de modelos. Los centros educativos, los Comités Cantonales de Deportes y Recreación, las municipalidades, las organizaciones comunitarias y las familias pueden convertirse en los principales espacios de prevención. La promoción del deporte, el arte, la cultura, la educación para la paz, la prevención del acoso escolar, la salud mental y el liderazgo juvenil ofrece mejores resultados que las estrategias de confrontación o intimidación. La evidencia demuestra que las sociedades más seguras no son aquellas que enseñan a sus niños a temer la cárcel, sino aquellas que les brindan oportunidades reales para crecer, aprender y construir un futuro con dignidad.

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