Perspectivas para la educación nacional
En mayor o menor grado, muchos de los planteamientos actuales sobre la educación y su futuro giran en torno a una idea central: la educación orientada a la empleabilidad. Es comprensible, porque como sociedad solemos preocuparnos por lo inmediato, especialmente cuando enfrentamos problemas urgentes. Sin embargo, este enfoque resulta insuficiente cuando se trata de educación. Una buena educación requiere tiempo y debe pensarse, no solo para el presente, sino, sobre todo, para el futuro.
Pensemos en el estudiantado que hoy ingresará por primera vez a la escuela primaria, con unos siete años de edad. Es razonable suponer que hacia el año 2040 buscará su primer empleo y que su vida laboral, según los estándares actuales, podría extenderse hasta finales del siglo. Ese horizonte se vuelve aún más largo si consideramos el avance de la medicina y el aumento en la esperanza de vida.
Todos somos conscientes de lo rápido que cambian la tecnología, las formas de organización social y las necesidades humanas. No hace falta mirar un siglo atrás: basta con observar lo ocurrido en la última década. Y aun así, se insiste en preparar a la juventud para una inserción laboral inmediata, ignorando que esa preparación está condenada a volverse obsoleta en muy poco tiempo. Lo que hoy parece esencial probablemente no lo será dentro de cinco o diez años. La diferencia la marca una formación sólida, capaz de adaptarse y actualizarse.
A este panorama se suma un desafío mayor: la irrupción acelerada de la inteligencia artificial y la robótica. Muchas ocupaciones están desapareciendo sin ser sustituidas por otras, y algunas profesiones para las que hoy se estudia ya muestran signos de agotamiento. Pese a ello, desde distintos sectores se insiste en adecuar la educación a las necesidades empresariales del momento, como si esas demandas fueran permanentes.
Frente a este escenario, no hay respuestas simples, pero sí orientaciones necesarias. En primer lugar, es fundamental fortalecer la formación teórica, para desarrollar mentes ágiles y adaptables. En segundo lugar, debemos prepararnos para la desocupación, mediante una sólida formación humanística, artística y creativa. Y, en tercer lugar, es imprescindible que el estudiantado comprenda los fines y objetivos de su educación.
La formación ética y cívica resulta clave: el respeto al Estado de Derecho, la división de poderes, la paz, la solidaridad, la igualdad, la defensa de los derechos humanos y el rechazo a toda forma de discriminación. Sin una educación que consolide estos valores, la democracia no puede funcionar adecuadamente.
Finalmente, la educación no puede separarse de otras políticas públicas. Preparar para un futuro con menos empleo implica también discutir mecanismos como el fortalecimiento de los servicios públicos y nuevas formas de protección social. Puede parecer ambicioso, pero es inevitable empezar a pensarlo.
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