No queremos que Costa Rica se convierta en otra Venezuela
El 17 de abril de 2018 escribí un artículo titulado “No queremos que Costa Rica se convierta en otra Venezuela”, en un espacio de opinión de un diario nacional, no como una consigna política, ni como un ataque ideológico, sino como una advertencia respetuosa, basada en la historia reciente de América Latina. Advertí entonces que las crisis profundas no nacen de un día para otro, sino de la acumulación de errores: ausencia de políticas públicas sostenibles, desigualdad creciente y decisiones económicas desconectadas de la realidad social.
Ocho años después de esa publicación, la advertencia no pierde vigencia; por el contrario, se vuelve más necesaria. Venezuela no colapsó por una ideología en particular, sino por décadas de irresponsabilidad política, corrupción estructural, ausencia de políticas de Estado y una desconexión brutal entre el poder y la vida cotidiana del pueblo.
La historia demuestra que cuando el hambre, la desigualdad y la humillación se normalizan, la democracia se vacía de contenido. En este contexto es necesario entender dos verdades incómodas: las democracias no caen solo por ideologías extremas, sino por la incapacidad de las élites políticas de gobernar con justicia; y los pueblos no se radicalizan por ideologías, sino por la falta de oportunidades, empleo digno, educación y por la desigualdad persistente.
Costa Rica no es Venezuela, pero puede cometer errores similares: si persiste la improvisación, si se normalizan gobiernos de corte populistas, si se imponen ajustes regresivos sobre los asalariados, se abandona al trabajador independiente y a las MIPYMES, si se pierde la sensibilidad social y se debilita el diálogo social como base democrática.
No defiendo dictaduras ni modelos autoritarios, vengan del color que vengan. Pero tampoco creo en una democracia reducida a procesos electorales vacíos de justicia social. La democracia real exige políticas públicas sostenibles, instituciones fuertes y un Estado que gobierne para las personas, no solo para los mercados.
En tiempos electorales, desde el sindicalismo democrático reitero un llamado al diálogo social responsable y honesto, para sacar al país adelante, fortaleciendo con propuestas a los sectores: productivos, socio productivos, agropecuario y sociales; en donde todos debemos aportar, pero según nuestras capacidades reales, con razonabilidad, proporcionalidad y sentido de justicia.
En Costa Rica aún estamos a tiempo. Pero la historia es clara: las democracias no mueren solo por golpes de Estado de derechas o izquierdas, sino por la suma de indiferencias, abusos normalizados, decisiones tomadas a espaldas del pueblo junto con la falta de conciencia e ignorancia cívica que permite que todo ello ocurra.
Por eso, hoy como ayer, con responsabilidad democrática y convicción social, afirmo: “No queremos que Costa Rica se convierta en otra Venezuela”.
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