Nicaragua, América Central y nosotros

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Nicaragua, América Central y nosotros
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Los asesinatos y violaciones a los derechos humanos que sufren los nicaragüenses son inaceptables, llenan de dolor a nuestros vecinos y afectan gravemente el bienestar y la paz de América Central.

El Reporte del 21 de junio de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos documenta con precisión las gravísimas violaciones a la vida, la libertad y otros derechos humanos de los nicaragüenses perpetrados por el régimen del Presidente Ortega y la Vicepresidenta Murillo. Y desde entonces los asesinatos, lesiones, encarcelamientos injustificados, desapariciones y tomas de tierras cometidos por fuerzas policiales y para-policiales han continuado. Entidades de Derechos Humanos nicaragüenses señalan 351 fallecidos.

Hasta ahora resultan  infructuosas las gestiones de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, de su sociedad civil y del Secretario General de la OEA para poner fin al genocidio. El Presidente Ortega el pasado 7 de julio rechazó adelantar las elecciones para salir de la crisis, y se niega a poner coto  a la policía y a las turbas que con contumacia continúan asesinando, hiriendo y encarcelando a los ciudadanos que se manifiestan en contra del régimen.

En Centro América se llegó a la paz no por la represión de los ejércitos sino por la construcción de la democracia.

Es de temer que si se consolida la destrucción de la democracia en Nicaragua, se vea amenazada la paz que con base en ella se construyó en América Central. Serían terribles las consecuencias de una nueva guerra interna en Nicaragua -no solo para el bienestar de nuestros hermanos nicaragüenses- sino también para todos los centroamericanos.

La continuidad de la dictadura del Presidente Ortega y la Vicepresidente Murillo y un enfrentamiento armado en ese país, fácilmente podrían originar conflictos bélicos en otras naciones vecinas.

Se estima que el conflicto ya elimina 250.000 empleos. Una guerra civil elevaría esa enorme cifra. Los desplazamientos de población que eso provocaría hacía Costa Rica y Panamá y hacia México y los EEUU, serían masivos y de muy difícil asimilación por las naciones receptoras.

Se interrumpiría de manera aún más grave el comercio entre los países del Istmo. Nuestras exportaciones ya están muy reducidas por las dificultades del tránsito por Nicaragua. Recordemos que Costa Rica dirige un 23% de sus exportaciones a Centroamérica, y las industrias que dan origen a esa exportación generan buena parte del trabajo formal con calificación intermedia… sector que sufre gran desempleo.

Un Istmo sufriendo violentos conflictos y grandes migraciones nos afectaría ahuyentando el turismo y la inversión extranjera, nos obligaría a gastos adicionales frente a los inmigrantes y pospondría los emprendimientos costarricenses, afectando seriamente nuestro bienestar social y el crecimiento económico.

No solo por la hermandad con los nicaragüenses que pagan con sus vidas y con enormes privaciones su situación política, sino también para defender los intereses propios de los costarricenses, estamos llamados a actuar con inteligencia, valentía y visión de futuro frente al oprobio que sufren nuestros vecinos.

Todos debemos cooperar. Gobierno, Iglesias, sociedad civil y ciudadanos. La hora nos exige dar lo mejor de que somos capaces.