Las palomitas de maíz

El ir al cine y comerse unas palomitas de maíz es para muchos un matrimonio indisoluble y un gesto que se ha convertido en todo un ritual, pero ¿de dónde surgió esta estrecha relación?

 El origen de esta unión, data del inicio de la llamada Gran Depresión que golpeó los Estados Unidos y acabó instalándose definitivamente durante la Segunda Guerra Mundial.


Durante los años veinte, cuando los cines estaban reservados a las clases pudientes y aún mantenían un estilo decorativo parecido a una ópera o un teatro, llenos de lámparas costosas, mullidas alfombras y demás objetos decorativos, los empresarios no querían que sus salas fuesen manchadas con ningún tipo de alimento, y se procuraba que la gente no entrara con comida a sus proyecciones.


 Pero en 1927 cuando se introdujo el sonido, el cine se abrió a todo tipo de público. Ya no hacía falta saber leer para acudir a ver una película, así que Gran Depresión, el cine constituyó unos de las pocos entretenimientos para la población norteamericana, y dentro de esta salida de ocio el único lujo que se podían permitir era un cucurucho de palomitas, que compraban en los puestos callejeros situados a las entradas de las salas.

Se dice que fue en Missouri, donde una mujer d nombre Julia Braden convenció a los dueños del cine Linwood Theater que permitieran poner un puesto de palomitas en el interior de su local.


 Tal fue el éxito de esta iniciativa que en 1931 ya tenía cuatro puestos en distintos cines, generando más de catorce mil dólares en solo un año, lo que era para aquellos años un montón de dinero.


Cuando los dueños de las salas se percataron de este floreciente negocio comenzaron a vender ellos mismos las palomitas.

 Un elemento determinante es que con el estallido de la Segunda Guerra Mundial en los Estados Unidos empezó a escasear el azúcar, así que quienes preferían algo dulce, como unos caramelos para disfrutar del cine, tuvieron que ceder a algo más salado, las palomitas de maíz, que terminaron por convertirse en el complemento perfecto para ver una buena película.

Fuente: Revista Smithsonian