La corrupción no tiene color de piel

Dicen los sabios que, el mundo se rige por tres principios: la verdad, la justicia y la caridad. Así, en la Biblia se habla que, a la hora de juzgar a alguien, hay que basarse en lo que hizo y no en quien es. Utilizar el sexo, género o color de piel, para atacar a quienes reprochan a alguien por sus actos corruptos, no es sino una forma de descaro, que no debe ser permitida en una democracia real.

Irse de paseo con fondos públicos es un acto de corrupción, sin importar si es para uno o para personas allegadas a uno. El artículo 48 de la Ley Contra la Corrupción y el Enriquecimiento Ilícito en la Función Pública, Ley 8422, sanciona con uno a ocho años de prisión a todo aquel funcionario que otorgue, en forma directa, beneficios para sí mismo, para su cónyuge, compañero, compañera o conviviente, o parientes, incluso hasta el tercer grado de consanguinidad o afinidad.

Aquí no se trata de si se es mujer o si se tiene determinado color de piel sino de decencia básica humana. La función pública es para servir y no para servirse. No se vale incluir declaraciones fiscales en cero cuando no se está en un cargo público y solo declarar cuando se está ejerciendo en un puesto político.

Utilizar el racismo como un arma para pretender dejar sin efecto la validez de las críticas o distorsionar al feminismo, solo genera como resultado mayor crítica y reproche, porque es claro que se están analizando actos concretos y no a personas. Irse de paseo cuando los fondos públicos escasean, solo demuestra desinterés por el país y un evidente egoísmo, donde es evidente que no importa pasarle por encima a los demás, con tal de obtener beneficios a costillas del pueblo.

En vez de utilizar el color de piel, sexo o género, como armas para atacar a quienes criticamos acciones y no a personas, debería ponerse la mano en el corazón y reconocer sus errores.  Es más, el color de piel y el género deberían servir como inspiración para demostrar que todo el racismo y discriminación a la cual muchas personas han sido sometidas por años, es infundado. Con este actuar despreocupado y arrogante, no se le hace ningún favor a la causa de las minorías.

La prueba más grande para cualquier persona se encuentra cuando obtiene repentinamente dinero o poder, o ambos. Ni la Procuraduría de la Ética Pública ni la Contraloría General de la República deberían intimidarse por estas falacias que ciertas personas utilizan para no ser investigadas justificándose en color y género, cuando están muy conscientes que sus acciones son reprochables sin importar si quien las realiza tiene piel blanca, café, salmón, amarilla, negra, azul o naranja. Lo que está mal está mal, sin importar el color de piel o el género.

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