Decisiones que marcaron el destino del Medio Oriente
El 29 de noviembre de 1947 marcó uno de los hitos más decisivos del siglo XX para el Medio Oriente. Ese día, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Resolución 181, conocida como el Plan de Partición, con 33 votos a favor, 13 en contra y 10 abstenciones. La resolución proponía la creación de dos Estados —uno judío y otro árabe— para poner fin al Mandato Británico y ofrecer a ambos pueblos la posibilidad de ejercer su derecho a la autodeterminación.
La reacción de las partes fue inmediata. El liderazgo judío aceptó el plan, aun cuando implicaba concesiones territoriales significativas y fronteras complejas. Apenas dos años después del Holocausto, la resolución fue vista como un reconocimiento moral e histórico del derecho del pueblo judío a la soberanía en su patria ancestral.
En contraste, el liderazgo árabe palestino y los Estados árabes vecinos rechazaron categóricamente la resolución. En lugar de proclamar un Estado palestino, optaron por la confrontación armada. Horas después de la votación comenzaron ataques, lo que derivó en la guerra de 1948 tras la proclamación del Estado de Israel el 14 de mayo de ese mismo año.
Las consecuencias de esa decisión fueron profundas. La guerra no condujo al establecimiento de un Estado palestino, sino a desplazamientos de población y a una dinámica de violencia que marcaría las décadas siguientes. Mientras Israel fue admitido como miembro de las Naciones Unidas en 1949, los territorios destinados al Estado árabe quedaron bajo control de Egipto y Jordania, sin que se impulsara la creación de un Estado palestino independiente.
Esta lógica de rechazo se consolidó con los llamados “tres no” proclamados por la Liga Árabe en la Cumbre de Jartum de 1967: no a la paz con Israel, no al reconocimiento de Israel y no a las negociaciones con Israel, lo que bloqueó durante años avances hacia una solución negociada.
Desde entonces, Israel ha construido su historia sobre la aceptación del compromiso, la inversión en educación, ciencia e instituciones democráticas, y la búsqueda de acuerdos de paz, como los tratados con Egipto en 1979 y Jordania en 1994, y los Acuerdos de Abraham de 2020 con varios países árabes.
En contraste, amplios sectores del liderazgo árabe-palestino persistieron durante años en la negación de la legitimidad del Estado de Israel. Esta postura alcanzó una expresión extrema con el surgimiento de Hamás, organización fundada en 1987 y gobernante de Gaza desde 2007, cuyo accionar violento refleja la negativa a aceptar la coexistencia de ambas naciones.
Hoy, el contraste es evidente: Israel se ha consolidado como una economía abierta y tecnológicamente avanzada, mientras los territorios palestinos enfrentan divisiones internas, crisis humanitarias y la ausencia de un proyecto político unificador.
Los pueblos no están determinados únicamente por las circunstancias, sino por las decisiones que toman. La paz solo podrá construirse sobre el reconocimiento mutuo, el diálogo y la aceptación de la legitimidad del otro, con pleno respeto por la dignidad y los derechos de todos.
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