Costa Rica ante el espejo: violencia, juventud y la urgencia de volver a lo esencial
Costa Rica atraviesa uno de los momentos más complejos de su historia reciente en materia de seguridad. Las cifras son contundentes: pasamos de una tasa de 11,38 homicidios por cada 100 mil habitantes en 2015 a 16,8 en 2025. Durante años, el país se mantuvo relativamente estable, con promedios cercanos a 12. Sin embargo, a partir de 2023 se rompieron todos los récords, marcando un punto de inflexión que ya no puede ser ignorado.
Esto no es una percepción. Es una realidad que se mide en vidas perdidas, en comunidades fracturadas y en un tejido social cada vez más tensionado.
Pero detrás de los números hay un dato aún más doloroso: la mayoría de las víctimas son jóvenes. Personas en plena edad productiva, con proyectos, familias y futuro por delante. Cada uno de estos homicidios no solo representa una tragedia individual, sino también una pérdida colectiva para el país. Estamos viendo cómo se erosiona una generación.
La pregunta que debemos hacernos va más allá del “qué está pasando” y entra en el terreno del “qué estamos haciendo como sociedad”. Porque si bien el crimen organizado y el narcotráfico juegan un papel determinante, también hay factores culturales que no pueden seguir siendo ignorados.
Se ha normalizado, en ciertos espacios, la exaltación del dinero fácil, del poder obtenido sin esfuerzo y de la violencia como medio de resolución de conflictos. A esto se suma un deterioro en el lenguaje público: discursos de odio, polarización y deshumanización que terminan filtrándose en la vida cotidiana.
Costa Rica, históricamente, se ha construido sobre valores distintos: educación, respeto, convivencia pacífica y movilidad social a través del esfuerzo. No es casualidad que durante décadas el país destacara por su estabilidad. Ese modelo no era perfecto, pero ofrecía una base sólida.
Hoy, recuperar esa base no es una opción romántica: es una necesidad urgente.
Esto implica reforzar la educación no solo en términos académicos, sino en formación cívica y ética. Implica también revisar los mensajes que como sociedad validamos, desde los medios hasta las conversaciones cotidianas. Y, sobre todo, implica entender que la seguridad no se resuelve únicamente con más policía, sino con más comunidad.
El país está ante una encrucijada. Ignorar las señales o minimizar la crisis solo profundizará el problema. Reconocerla con honestidad, en cambio, abre la puerta a una reconstrucción.
Porque al final, la lucha contra la violencia no es solo tarea del Estado. Es un desafío colectivo que exige volver a lo esencial: formar, respetar y construir un país donde la vida vuelva a ser el valor más importante. Es hora de ponernos frente al espejo y cambiar la imagen tan desgarradora que está proyectando.
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