Cambiar las mentalidades y las actitudes
Los últimos datos demográficos publicados en Europa han encendido las alarmas en muchos países de este continente, pero también han abierto un espacio para repensar políticas y prioridades con una mirada constructiva. En países como Francia, Italia, Hungría y España, la natalidad ha descendido hasta mínimos históricos y nuestro país no escapa a esta realidad. Sin embargo, lejos de instalarse en el pesimismo, los gobiernos europeos y amplios sectores sociales están impulsando iniciativas para promocionar y facilitar la natalidad.
Francia registró en 2025 más defunciones que nacimientos por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, y su tasa de fecundidad se sitúa en 1,56 hijos por mujer. Italia alcanzó en 2024 su cifra más baja de nacimientos, con una fecundidad de 1,18. Hungría también ha visto descender su población, mientras que España, pese a alcanzar un máximo histórico de habitantes gracias a la inmigración, mantiene un saldo natural negativo y una fecundidad de 1,10. Ante este panorama, los gobiernos han reforzado sus políticas familiares.
En Italia, el poder Ejecutivo de Giorgia Meloni ha puesto en marcha ayudas económicas directas por nacimiento, asignaciones universales por hijo y medidas de conciliación, como incentivos al teletrabajo y más apoyo a las guarderías.
En Francia, el presidente Emmanuel Macron ha promovido un “rearme demográfico” que incluye propuestas como recuperar una asignación familiar universal, ampliar ventajas fiscales y facilitar el acceso a la vivienda mediante préstamos sin intereses vinculados al nacimiento de hijos. Estas medidas parten de una constatación relevante: las encuestas muestran que muchas personas desearían tener más hijos de los que finalmente tienen. Según el Institut national d’études démographiques (INED), las mujeres francesas nacidas en 1980 aspiraban a tener una media de 2,7 hijos, pero finalmente tuvieron alrededor de dos. Existe, por tanto, una brecha entre deseos y realidad que las políticas públicas intentan reducir.
No obstante, la experiencia internacional indica que los incentivos económicos, aunque mejoran el bienestar de las familias, no siempre logran aumentar de forma sostenida la natalidad. Más allá de los factores materiales, influyen cambios sociales significativos. El retraso en la maternidad —con una edad media cercana a los 32 años para el primer hijo en Italia— reduce el tiempo disponible para ampliar la familia. La prolongación de los estudios, la precariedad laboral y las dificultades de acceso a la vivienda retrasan la emancipación y la formación de hogares. También pesan las actitudes. Encuestas recientes revelan que la mayoría de los jóvenes no descarta tener hijos, pero prioriza la estabilidad personal y profesional. Muchos expresan incertidumbre ante el futuro y perciben tensiones entre la realización individual y la crianza.
El reto demográfico, por tanto, no es solo económico, sino cultural y social. La buena noticia es que el deseo de formar una familia sigue vivo. El desafío consiste en crear entornos —laborales, sociales y culturales— donde ese deseo pueda transformarse en realidad, fortaleciendo así la cohesión y la esperanza en el futuro.
Los comentarios están cerrados.