Se coló la política en la cotidianidad
La política se ha colado en la vida cotidiana. Está presente en la mesa del desayuno, en los grupos de WhatsApp, en las conversaciones del trabajo y en los encuentros de fin de semana. Y aunque para algunas personas esto pueda parecer molesto o incómodo, también puede interpretarse de una manera distinta: como una muestra de que estamos comprendiendo que lo que ocurre en la esfera pública tiene consecuencias directas sobre nuestra vida diaria.
Durante mucho tiempo pensamos que la política era algo lejano, una actividad reservada para quienes ocupaban cargos públicos o aparecían en las noticias. Sin embargo, la realidad nos recuerda todos los días que las decisiones públicas terminan llegando hasta la puerta de nuestras casas.
Se hacen presentes cuando abrimos el tubo y esperamos que salga agua potable. Cuando utilizamos una carretera, una acera o el transporte público para llegar al trabajo o a los centros de estudios. Cuando una familia confía en que sus hijos podrán asistir a la escuela o al colegio y que recibirán una educación de calidad. Cuando caminamos por la calle sin miedo esperando regresar seguros a casa. O cuando necesitamos atención médica y tenemos la certeza que el sistema de salud responderá oportunamente.
En todos esos aspectos, nuestro esfuerzo individual es importante, pero tiene límites evidentes. Ninguna persona puede resolver por sí sola los problemas de seguridad, construir la infraestructura que necesita el país, proteger el ambiente o garantizar servicios públicos de calidad. Son desafíos colectivos que exigen respuestas colectivas.
Por eso resulta tan importante entender la relación entre el bienestar individual y el bienestar común. En una democracia, la razón de ser del Estado y de las instituciones públicas es precisamente contribuir a ese bienestar compartido. Las políticas, las decisiones y el uso de los recursos públicos deberían orientarse hacia ese propósito.
En ese contexto, los gobiernos elegidos en las urnas administran temporalmente las instituciones del Estado. El voto ciudadano no es un cheque en blanco. Es una autorización para gobernar y, al mismo tiempo, una licencia para pedir cuentas. Quienes gobiernan tienen la responsabilidad de cumplir sus promesas y la ciudadanía tiene el derecho, e incluso el deber, de evaluar los resultados.
La democracia también ofrece algo invaluable: reglas para convivir en medio de las diferencias. Brinda espacios para dialogar, negociar, construir acuerdos y resolver conflictos, con respeto y sin recurrir a la violencia, porque el adversario político no es un enemigo. Ninguna persona, institución o autoridad está por encima de la Constitución y de las leyes. Esa es una de las garantías fundamentales de la vida democrática.
Por eso, cuando la política se cuela en nuestras conversaciones cotidianas, no necesariamente estamos ante una mala noticia. Puede ser, más bien, una señal de madurez cívica si ello conduce a un debate sano y constructivo, con base en conocimiento y evidencia para la búsqueda del bien común. Significa que comprendemos que los asuntos públicos no son ajenos a nuestra vida y que somos conscientes de que el rumbo del país no depende únicamente de quienes ocupan cargos de poder.
Por acción o por omisión somos responsables de la construcción de la Costa Rica que queremos. Pero no debemos olvidar que la responsabilidad principal de conducir, decidir y ejecutar las políticas públicas corresponde a quienes recibieron el mandato ciudadano para gobernar. Y son ellos quienes, al final, deben responder por los resultados obtenidos.
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