Bruta, ciega, sorda y muda

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Bruta, ciega, sorda y muda
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Soy un hombre de evidencias. Soy un hombre de datos. Me gustan las cosas corroboradas, los argumentos que pueden sostenerse con cifras, documentos y hechos verificables. Por esto, lo que observé la noche del pasado 14 de setiembre, durante la celebración del aniversario 205 de la Independencia de Costa Rica, me produjo algo más profundo que indignación: me produjo tristeza.

Observé la movilización masiva de personas trasladadas en autobuses para participar en la actividad, la excesiva movilización de policías y la requisa arbitraria de todos los ciudadanos honestos que queríamos farolear. No pude corroborar aunque escuché que se hablaba hasta de pagos de ¢7.000, pude ver y tengo la evidencia de las papas tostadas y gaseosas que se repartían gratis. 

Pregunté a una señora que venía de Grecia por qué había asistido. Su respuesta fue sencilla: “Me trajeron. Nunca había visitado la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles y, aprovechando el viaje, pude conocerla”, me dijo en su sencillez.

Una democracia como la nuestra jamás ha necesitado convertir a ciudadanos en espectadores transportados en masa para demostrar respaldo político. Una democracia como la nuestra debería tener por mayoría a ciudadanos capaces de preguntar, cuestionar, disentir y argumentar.

Pero no. Esa ya no es nuestra realidad. Hoy, podríamos aplicarle a nuestra secuestrada democracia el estribillo de la popular canción, que resulta inquietante y odiosamente apropiada: bruta, ciega, sorda y muda.

Bruta, cuando se sustituye el argumento por la consigna. Ciega, cuando se renuncia a mirar los hechos que contradicen nuestras propias creencias. Sorda, cuando dejamos de escuchar al que piensa diferente. Y muda, cuando la masa deja de preguntar y simplemente obedece.

Costarricenses, lo verdaderamente peligroso no es que un gobierno tenga seguidores. Todos los gobiernos democráticos los tienen. Lo preocupante es cuando la movilización política comienza a sustituir la deliberación democrática; cuando la emoción sustituye al dato; cuando la lealtad incondicional sustituye al pensamiento crítico; cuando el adversario deja de ser un ciudadano con una opinión diferente y se convierte en un enemigo.

Las dictaduras, sean de izquierda o de derecha, comparten mecanismos que deberían alarmarnos: concentración del poder, debilitamiento institucional, división deliberada de la sociedad, construcción permanente de enemigos, propaganda, consignas y una narrativa en la que quien gobierna impone su razón con gritos, burlas y ofensas.

No me interesa defender una dictadura porque sea de izquierda ni condenarla porque sea de derecha. Una dictadura es una dictadura. El autoritarismo no adquiere legitimidad por el color de la bandera que lo representa o por la ideología que promueve.

Costa Rica merece algo mejor. La Independencia no debería celebrarse solamente con banderas, música, discursos y multitudes. Debería celebrarse defendiendo aquello que hizo posible que este pequeño país construyera una democracia otrora respetada: instituciones, libertad, pensamiento crítico, prensa libre, división de poderes y ciudadanos capaces de decirle no al poder de pachucos ebrios detrás de una valla.

El pasado 14 de setiembre no sentí orgullo. Sentí pesar. Porque está llegando el día en que una masa ha dejado de pensar para comenzar simplemente a seguir. Estamos perdiendo mucho más que una discusión política. Estamos comenzado a perder la democracia.

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