La promesa que nos protege a todos

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La promesa que nos protege a todos
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¿Y si un día tuviéramos apenas unos minutos para dejarlo todo? La casa, las pertenencias, las fotografías, el barrio de toda la vida… a la familia y hasta nuestros muertos.

Para millones de personas en el mundo, esa pregunta no es un ejercicio de imaginación. Es una realidad.

El desplazamiento forzado es una de las grandes heridas de nuestro tiempo. Más de 118 millones de personas han tenido que huir por guerras, violencia, persecución o graves violaciones a sus derechos. En el continente americano, casi 23 millones de personas viven desplazadas por la fuerza. Y Costa Rica, como país de acogida, conoce de cerca esta historia: más de 215 mil personas buscan hoy protección en nuestro territorio.

Pero conviene recordar algo esencial: una persona refugiada no abandona su país por elección. Huye porque su vida, su libertad o su seguridad están en peligro. Huye porque es perseguida por lo que es, por lo que cree, por lo que piensa, por su nacionalidad, por su religión o por su opinión política o por pertenecer a un determinado grupo social. Huye porque regresar podría significar volver al peligro.

Para proteger a esas personas nació la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, que este año cumple 75 años. Después del horror de la Segunda Guerra Mundial, cuando millones de seres humanos quedaron sin hogar y sin protección, todas las naciones del mundo hicieron una promesa a la humanidad: que nadie sería devuelto al lugar donde su vida estuviese en peligro y que toda persona perseguida tendría derecho a buscar protección.

Esa promesa no pertenece solo a quienes hoy necesitan refugio. Nos beneficia a todos. Es un bien social común, una garantía civilizatoria que nos acompaña por el simple hecho de ser humanos. Nadie sabe cuándo la historia puede cambiar de dirección. Nadie sabe cuándo una puerta abierta puede convertirse en la diferencia entre la vida y la muerte.

Durante 75 años, Costa Rica ha entendido esto una y otra vez. Acogió a personas judías y europeas después de la Segunda Guerra Mundial; a cubanos en los años sesenta; a chilenos y argentinos en los setenta; a centroamericanos en los ochenta; a colombianos en los noventa; y más recientemente a haitianos, venezolanos y nicaragüenses.

Esa tradición debe seguir siendo motivo de orgullo y compromiso para Costa Rica. Que su vocación humanitaria y su esencia solidaria continúan siendo la guía para responder, con dignidad y responsabilidad, a quienes necesitan protección.

Este 20 de junio, Día Mundial de la Persona Refugiada, recordemos que proteger a quien huye no debilita a un país: lo engrandece. El refugio es una promesa moral. Y hasta que cada persona esté a salvo, esa promesa nos corresponde a todos.

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