Fábula del emperador que inventó los zapatos

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Fábula del emperador que inventó los zapatos
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Cuenta la tradición que un poderoso emperador decidió recorrer su reino a pie para conocer mejor a su pueblo. El monarca estaba acostumbrado a la comodidad del palacio y nunca caminaba largas distancias. Después de varios días de viaje regresó exhausto, con los pies llenos de ampollas y heridas.

Molesto por el sufrimiento que había experimentado, el rey ordenó a sus servidores que cubrieran todos los caminos del imperio con cuero de vaca para que nadie volviera a lastimarse los pies. Era una orden imposible: habría que sacrificar miles de animales y cubrir montañas, campos y ciudades enteras.

Entonces un sabio consejero se acercó al emperador y le dijo con respeto que existía una solución mucho más sencilla: en lugar de cubrir el mundo con cuero, bastaba con cubrir sus propios pies. El emperador comprendió la lección y mandó fabricar las primeras sandalias o zapatos de cuero.

Esta parábola nos recuerda algo profundamente humano: muchas veces creemos que el problema está afuera, en el mundo, en las circunstancias o en los demás. Pensamos que para estar bien necesitamos cambiar todo lo que nos rodea. Sin embargo, a menudo la solución es mucho más cercana y sencilla: empezar por cambiarnos a nosotros mismos.

No podemos controlar el terreno que pisamos, pero sí podemos elegir cómo caminar sobre él. No podemos evitar todas las dificultades de la vida, pero sí podemos desarrollar herramientas para enfrentarlas.

Tal vez esa sea la verdadera enseñanza de los “primeros zapatos”: el mundo no siempre se adapta a nosotros, pero nosotros sí podemos aprender a adaptarnos al mundo. Y a veces, el cambio más pequeño —como proteger nuestros propios pasos— puede transformar por completo nuestro camino.

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