Los therians

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En los últimos días se ha vuelto común escuchar hablar de los llamados therians, muchos de ellos adolescentes que expresan una conexión profunda —emocional o simbólica— con un animal, sin dejar de reconocer que biológicamente son humanos. El fenómeno no es nuevo, aunque hoy se amplifique en redes sociales y en los medios de comunicación masivos.

Hoy vamos a tratar de analizar qué pasa con esta tendencia que ya ha llegado a Costa Rica.

Desde la psicología del desarrollo, el reconocido teórico Erik Erikson describió la adolescencia como la etapa donde se construye la identidad. Es el momento del “¿quién soy?” y del “¿dónde pertenezco?”. No es casualidad que en distintas épocas hayan surgido expresiones juveniles que incomodaron a generaciones adultas: punks en los años 70, emos en los 2000, tribus urbanas con estéticas propias y códigos cerrados.

El investigador británico Dick Hebdige, en sus estudios sobre subculturas juveniles, explicaba que el estilo —la ropa, los símbolos, los gestos— es una forma de construir comunidad y diferenciarse. En ese sentido, algunos elementos visibles asociados a los therians pueden entenderse como marcadores de pertenencia, no necesariamente como ruptura con la realidad.

También hay advertencias importantes. El sociólogo Stanley Cohen habló del concepto de “pánico moral”: cuando una sociedad, frente a algo que no comprende, reacciona sobredimensionando el fenómeno y señalando a un grupo como amenaza o con burla. La historia demuestra que muchas expresiones juveniles fueron estigmatizadas antes de ser entendidas, incluso algunas de las personas que en este momentos nos escuchan pudieron experimentar esa situación.

Nada de esto implica idealizar ni promover los Therian. Tampoco se trata de minimizar posibles riesgos individuales que deban atenderse con acompañamiento familiar o profesional si es necesario. Aquí lo que tratamos es de analizar el contexto con el apoyo de fuentes confiables.

Quizá el fenómeno therian no sea únicamente sobre animales o máscaras. Tal vez estemos viendo, otra vez, a una generación intentando construir identidad en un mundo acelerado, hiperconectado y muchas veces incierto.

La responsabilidad adulta no es burlarse ni entrar en pánico. Es acompañar, conversar y distinguir entre expresión simbólica y situaciones que sí requieran atención. Porque cada generación crea sus códigos. Y entenderlos, sin exagerarlos ni ridiculizarlos, siempre será más constructivo que temerles o hacer burla de ellos

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