Para Hacer el Bien 10 de julio, 2025

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Ayer le contamos sobre cómo el cólera obligó a San José a enfrentar la muerte con organización y compasión. Hoy, seguimos en ese tiempo difícil… pero ahora miramos a quienes, entre la vida y la muerte, lo dieron todo en silencio: las Hermanas de la Caridad.

Mientras la Junta de Caridad de San José organizaba recursos, compras de ataúdes y mejoras en el cementerio, estas mujeres caminaban entre la enfermedad y el consuelo. Vestidas de blanco y azul, con el rosario en una mano y una compresa en la otra, las Hermanas no solo curaban cuerpos, también acompañaban almas.

El convento colindaba con el cementerio. Desde allí, salían a recoger a los enfermos, a limpiar cuerpos, a rezar por los muertos sin familia. Las familias las veían como ángeles; los enfermos, como esperanza.

La Junta no estaba sola. Estas mujeres fueron su brazo silencioso, su corazón humilde. La caridad se hacía carne en ellas. Y mientras la ciudad enterraba a los suyos, ellas se aseguraban de que nadie muriera sin amor ni oración.

En nuestro episodio de mañana le vamos a contar sobre el Cementerio General, una obra que le debemos a lo que posteriormente se llamaría, Junta de Protección Social.

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