No solo facilitadores; sino, también, formadores

Decía el destacado pensador Miguel de Unamuno que “es detestable esa avaricia espiritual que tienen los que sabiendo algo, no procuran la transmisión de esos conocimientos”.En este sentido, vale preguntarse ¿qué sería de un centro educativo sin sus maestros o profesores? ¿Podrían acaso los estudiantes, en esta época de una tecnología avasallante, aprender sin ayuda de ellos? ¿Qué tan cierto es aquello de que los buenos docentes hacen los buenos pueblos?

Sin duda, la labor de los docentes, en el buen aprendizaje de sus pupilos, es ancestralmente esencial. En la Antigua Gracia, por ejemplo, los filósofos cumplían la labor de maestros. Alrededor de ellos se agrupaban los jóvenes deseosos de aprender sobre la naturaleza, los humanos, su origen y destino. Recordemos, en este sentido, a Sócrates o Platón, sabios a cuyo alrededor se agrupaban discípulos para alimentarse de sus enseñanzas. 

Entonces se puede decir, sin temor a equivocaciones, que la transmisión de conocimientos nació a la luz de la enseñanza de los docentes. Hoy, siglos después, estos siguen siendo fundamentales en el proceso de aprendizaje de quienes contribuirán al desarrollo pleno de las sociedades, pues cada nueva generación viene a un mundo permeado de conocimientos, en donde se siguen necesitando personas quienes se hagan cargo de la perpetuación de la cultura y la continuidad del pensamiento humano.

De ahí que ser docente implique, indudablemente, una gran responsabilidad, pues no son solamente facilitadores de conocimientos, son, también, formadores. Quienes cumplen un papel en una sociedad, un contexto y un momento histórico singulares. Por eso, también es su obligación ejercer una enseñanza apropiada; es decir, que contribuya, por todos los medios, a forjar un presente y futuro mejores para el país.

Ser profesor no es solamente ponerse al frente de un grupo de estudiantes y enseñar. Significa tener una vocación, un espíritu de servicio, un cabal deseo de compartir sus experiencias y un firme propósito de formarse en el arte de la enseñanza. Porque el ejercicio de la docencia, como cualquier otra actividad humana, es una práctica la cual se debe aprender y desarrollar continuamente.

Ciertamente, es vital que los docentes remocen su sagrado propósito de educar a cabalidad a los estudiantes, esto con el fin de que los niños y los jóvenes lleguen a ser ciudadanos bien informados y motivados, quienes puedan pensar de manera crítica, analizar los problemas nacionales e internacionales, encontrar soluciones, llevarlas a cabo y aceptar su responsabilidad social y moral con la Patria que los abriga.

Porque, como muy bien lo señaló Howard Hendricks: “La enseñanza que deja huella no es, precisamente, la que se hace de cabeza a cabeza, sino de corazón a corazón”.

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