Dividir, polarizar, instigar, violentar

Siempre la democracia ha dividido a la comunidad ya que al aparecer un candidato o una propuesta, la ciudadanía toma partido y en consecuencia se divide. Cuando la escogencia en democracia ha sido hecha, siempre el gobierno y las autoridades electas buscan la unidad de la comunidad en torno a sus planes y proyectos y a muchos también propuestos por sus adversarios. Esta ha sido una larga y positiva tradición cívica costarricense.

Esto ha cambiado de manera sensible en el país en las últimas dos o tres elecciones. El país elige pero la campaña electoral se mantiene. Con furia, insultos y truculencias la campaña de desgaste y descrédito ruge en el país como si no hubieran votado los costarricenses en dos rondas electorales.  Los argumentos disociadores de la comunidad corren parejos y los elementos divisores son expuestos en un bombardeo incesante.  No hay descanso ni tregua.

El país ha desarrollado una clase instigadora de operadores políticos. Troles en redes, personajes variopintos en medios y herramientas como las agencias de noticias comprometidas que dan respaldo a infundios  son cada vez más corrientes. Ya cuesta saber cuándo lo publicado es verdadero. Quienes más pierden con esta lucha a muerte y con esta estrategia son los propios ciudadanos.

La institucionalidad se ve afectada por todos los costados. La campaña comenzó atacando personas. Todos corruptos y siempre los mismos era la consigna. Esta acusación hecha sin pruebas y generalizando buscaba acabar con la legitimidad de la dirigencia política tradicional y democrática del país. El país cambió de gobernantes así como de partidos y esperó alcanzar las transformaciones prometidas  por quienes habían asegurado un cambio. Ya dos administraciones  no vinculadas con el bipartidismo se han electo y la campaña continúa  violenta hoy con los mismos argumentos de corrupción e ilegitimidad. Esta es una lucha feroz por lograr el descrédito y la pérdida de confianza en leyes, instituciones y personas gobernantes.

El país cambió sin necesariamente elegir a los deseados. Manipulación emocional con asuntos religiosos generaron una elección inesperada. La religión y el fanatismo han irrumpido fuertemente en la política.

Destruir la institucionalidad, las leyes y las personas para ser electo es escupir hacia las nubes, algo siempre cae en nuestras caras. Destruir sin buscar una sustitución racional carece del mínimo sentido. No proponer y no exponer ideas es un síntoma que revela ignorancia, búsqueda descarnada del poder por el poder y de alguna manera incapacidad.  Debemos hacer el esfuerzo por apreciar las bondades de lo que existe y aprovechar las oportunidades para mejorar lo que tenemos en los aspectos y debilidades que creamos perjudican a la comunidad.                                                 

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