Desamor, libertad y voto

Pese a las justificadas y bien fundadas críticas a la realidad socio-política costarricense, quisiera referirme a una realidad del quehacer cotidiano del costarricense: el desamor, esa realidad existencial tan marcada por el individualismo, la desunión, el egoísmo y la falta de solidaridad social.

El desamor es el culpable de la carencia de virtudes humanas que mueven el corazón, creado para amar. El desamor es también culpable del desorden moral que tanto nos aqueja. Otro problema es vivir sin profundizar más en nuestro propio mundo interior y no sacar el polvo acumulado por la pereza que lo ha permitido.

El desamor es una enfermedad contagiosa que mina la creatividad, el espíritu de servicio y de trabajo y la responsabilidad de sujetarse a la verdad, no a la mentira ni al tráfico de  influencias. En cambio, cuando se desempeña un cargo, sobre todo público, con el señorío de servir, su realización puede ser examinada en cualquier momento.

El país funciona gracias al patrimonio inmaterial de su democracia y al hecho de contar con una mayoría dispuesta a ahogar el mal en abundancia de bien. Esta es otra riqueza humana y espiritual acumulada por los años. De aquí, del Estado de derecho y de la formación cristiana del pueblo, nace el espíritu del costarricense.

Si desechamos la anticultura del desamor puede primar en el país la hora omnipotente del encuentro, como pide nuestro poeta Néstor Mourelo. Por eso, si nos han enseñado a amar y a ayudarnos mutuamente, no perdamos estas enseñanzas, ya enraizadas en nuestra cultura y civilidad. Bien podemos hablar de una realidad que nos conforma. Y lo que se lleva en el corazón  debe explicitarse con naturalidad en todas las manifestaciones de la vida. Debemos saber emplear la inteligencia para regir los sentimientos hacia lo bueno, al bien y a la verdad. El vacío del desamor lo llenamos amando al prójimo e indicándole el camino de la generosidad, de la justicia social y del cumplimiento del deber.

Sí, hay males en el país, y siempre los habrá; pero muchos son superables. Cuando se comete el error de pensar en ellos hasta el cansancio, se termina aceptándolos como una realidad insuperable, se cae en el desánimo y se duda de toda posible solución. En las elecciones del año 2018, lo que está en juego es la  pervivencia de la  vida democrática, no el abstencionismo, sino el voto para fortalecer el régimen de libertades del costarricense. O sea, amor a la patria y libertad para decidir.

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