Para mi amigo, el libro

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Para mi amigo, el libro
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El tiempo en que la lectura era un placer y un verdadero deleite, se está esfumando. Pocos, ahora se dejan llevar por el encanto de una buena lectura; aquellos que perciben el aroma de un libro antiguo, y se remontan a otras épocas, escuchan a otras personas, viajan a otros mundos o simplemente penetran sobre conocimiento virgen.

El nacimiento del cine a fines del siglo 19, la aparición de la radio, la televisión, y el estrepitante progreso de la era tecnológica, con la creación del Internet, los videojuegos y los llamados aparatos inteligentes han hecho que este viejo amigo, “el libro”, agonice poco a poco, y fallezca lenta y cruelmente en nuestra memoria colectiva.

El hábito de leer perece, y lleva a las nuevas generaciones a enfrentar una anorexia literaria. Esperemos que nuestras bibliotecas, no sean los museos del futuro.

No dimensionamos la verdadera importancia de este preciado compañero de corazón de papel, y negra sangre que por medio de transfusiones intelectuales alimenta nuestra alma, y le da un giro a nuestra historia, abriendo cándidamente las puertas de la imaginación.

La lectura debería ser un elemento primordial en nuestro diario trajinar; la luz cegadora que ahuyente la oscuridad de la ignorancia y que sea nuestro transporte hacia un viaje interior de primera, con la complacencia de realizar una acción a la antigua; y como expresa el poeta guatemalteco Humberto Ak”Abal “Como deseo que llegue el día cuando en este país, todos andemos armados con un libro”.

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