Mora es el emblema. Mora es el paladín. Mora es la patria
Recordamos hoy el crimen de Estado – perpetrado hace 166 años en Puntarenas – que tronchó la vida del Padre de la Patria, don Juan Rafael Mora. Poco antes del execrable magnicidio, escribió: “Dios quiera que con mi sacrificio vuelvan la paz y el progreso a estos pueblos”.
En los Estados Unidos, un periódico editorializó: Ese crimen fue “una regresión sangrienta del progreso a la reacción, del pensamiento libre a la superstición, el espectáculo extraordinario de un pueblo en el alba radiante de la civilización que retrocede a las tinieblas”.
¿Por qué nos enluta y avergüenza tan profundamente la página más trágica de la historia?
Porque si, como en aquel entonces, hubiese gobernantes que abandonaren o perdiesen el camino costarricense; actuaren contra el ser de nuestra nacionalidad; violasen los principios, los valores y las virtudes democráticas; atropellaren la legalidad vigente y estrujasen la Constitución, de nuevo sembrarían vientos y desatarían tempestades.
Los pueblos sienten instintivamente la necesidad de modelos de gobernantes creíbles, que muestren el camino de la verdad cuando se multiplican arduos desafíos. Ante una opinión pública muchas veces desinformada y engañada, las naciones demandan con urgencia opciones políticas claras en favor de la familia, de los jóvenes, de los ancianos y de los marginados. Gobernar con todos, por el bien de todos.
El prócer defensor de la libertad vive en el corazón de sus compatriotas. Mora es arquetipo de quien sirve no al poder, sino al ideal de la justicia. Mora es ejemplo del que pone su actividad pública al servicio de la persona, especialmente si es débil o pobre; que gestiona las controversias sociales con sentido de equidad. Mora es símbolo de nuestra Costa Rica soberana, y su recuerdo de noble valor y entereza es la vívida lección en donde aprendemos el patriotismo.
“La condición bajo la cual Dios ha dado la libertad a la persona es una eterna vigilancia”, como la que Mora encarnó: alerta de día y de noche, oteando siempre el horizonte. Como él lo hizo en su vida, ahora la democracia costarricense debe ser reinventada. Los nuevos tiempos requieren una democracia afianzada en un liberalismo humanista.
“Modesta en extensión y vasta en potencialidades” conceptuaba el Padre de la Patria en 1852 a la incipiente nación. Y desafiaba a la juventud: “Dirigid vuestras miradas al risueño cuadro que nos rodea y no nos arredre nuestra pequeñez: una calaña de bandidos era Roma que llenó al universo de su pasada gloria y un presidio los Estados Unidos que asombran al mundo con su grandeza presente”.
Mora es el emblema. Mora es el paladín. Mora es la patria.
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