Más aulas, menos vidas tras las rejas
Una cárcel más grande puede albergar más presos. Lo que jamás podrá garantizar, por sí sola, es una sociedad con menos delitos. Confundir capacidad de encierro con seguridad ciudadana es reducir un drama nacional a una obra de cemento.
Creer que con una cárcel más grande habrá menos crímenes es como creer que con un hospital más grande habrá menos enfermedades. Ambos establecimientos son necesarios, pero ninguno sustituye la prevención. Los barrotes no reemplazan al maestro. El cemento no sustituye una política pública. Y ninguna inauguración devuelve la vida que pudo salvarse mediante una intervención oportuna.
Costa Rica merece algo más serio que convertir el castigo en espectáculo y presentar cada nueva celda como una victoria contra la criminalidad.
La verdadera victoria sería que menos jóvenes terminaran ocupándolas. Sería recuperar al estudiante que abandonó el colegio, ofrecer formación técnica donde escasea el empleo e impedir que el narcotráfico reclute muchachos abandonados por instituciones que llegan tarde o nunca llegan.
Eso no significa justificar al delincuente. Quien delinque debe responder ante la justicia, con pruebas, garantías y sanciones proporcionales. Las víctimas merecen protección, reparación y respeto. Precisamente por ellas debemos exigir políticas que impidan nuevas víctimas. Porque perseguir al criminal después del asesinato es indispensable; evitar que ese asesinato ocurra constituye una responsabilidad todavía mayor.
Preguntemos a nuestros gobernantes: ¿Dónde están las escuelas dignas? ¿Dónde los programas para impedir la deserción estudiantil? ¿Dónde las oportunidades deportivas, culturales y laborales capaces de arrebatarle nuestra juventud al crimen organizado?
La prevención no puede continuar siendo un párrafo decorativo en los discursos oficiales.
Tampoco podemos exigir resultados extraordinarios a policías, investigadores, fiscales y tribunales mientras se les niegan recursos indispensables. La seguridad exige instituciones fuertes, coordinación efectiva y responsabilidad política. Además, una prisión sin educación, trabajo y posibilidades de reinserción deja incompleta su misión. Encerrar durante años y desentenderse del futuro del condenado también compromete la tranquilidad de quienes permanecen afuera.
El país necesita firmeza contra el crimen, pero también inteligencia para impedir que continúe reproduciéndose. Una escuela funcionando, una familia acompañada y un joven con oportunidades representan conquistas sociales tan importantes como cualquier infraestructura penitenciaria.
El orgullo nacional no debería medirse por cuántos seres humanos caben detrás de un muro, sino por cuántos logran construir una existencia honrada y libre.
Gobernar exige mirar más allá de la próxima inauguración. Exige comprender que cada niño abandonado representa una responsabilidad pública incumplida y una oportunidad que la delincuencia podría aprovechar.
Necesitamos cárceles suficientes, ciertamente. Pero necesitamos una voluntad política infinitamente mayor para evitar que nuestros niños terminen conociéndolas.
Que nadie nos venda el encierro como sustituto del futuro.
Costa Rica no necesita gobernantes que solamente anuncien nuevas prisiones. Necesita estadistas capaces de comprender que la seguridad comienza mucho antes del delito.
Porque una nación verdaderamente grande no es aquella que construye más cárceles, sino aquella que consigue que cada vez menos ciudadanos necesiten ocuparlas.
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