La idiosincrasia costarricense
Los costarricenses nos hemos distinguido por nuestra idiosincrasia, conformando un pueblo orgulloso de su democracia y de su paz social. La gran mayoría de la actual población adulta en Costa Rica fuimos formados bajo el amparo de profundos valores humanos transmitidos por nuestros padres y ancestros, personas sencillas, trabajadoras, honestas, humildes y profundamente honorables, quienes, aun sin ostentar ni lucir títulos académicos bajo el brazo, poseían una verdadera educación y sabiduría de vida cimentada en el respeto irrestricto hacia la dignidad propia y la de todos sus semejantes.
Fuimos educados a través del ejemplo vivo brindado en nuestros hogares y de la noble labor de nuestros educadores. De ellos aprendimos que todo ser humano, sin excepción alguna, merece un trato digno y respetuoso; que debemos poseer la capacidad para edificar consensos en medio de las diferencias, y que el diálogo franco siempre ha constituido el bastión inquebrantable de nuestra democracia. Asimismo, aprendimos a respetar a nuestros adultos mayores, a valorar sus enseñanzas cotidianas y su sabiduría acumulada, teniendo siempre la certeza absoluta de que todos nosotros, indefectiblemente y sin excepción, llegaremos algún día a ser los adultos mayores de esta sociedad. Se nos inculcó con firmeza que las burlas hacia cualquier persona resultan inaceptables, ya que quien se burla de un semejante únicamente termina retratando la gran miseria humana que le acompaña.
Del mismo modo, aprendimos a medir las consecuencias de nuestras palabras y a pensar antes de hablar, comprendiendo que a las palabras nunca se las lleva el viento y que estas tienen el poder de herir, humillar e incluso destruir a una persona.
Igualmente, aprendimos a expresarnos siempre con la verdad y con moderación, recordando que la razón nunca ha necesitado gritar, ni ayer ni hoy. Crecimos amando y respetando nuestros símbolos y fechas patrias, escuchando en cada conmemoración, con profundo fervor y admiración, mensajes impregnados de enseñanzas y remembranzas que exaltaban el valor de nuestros héroes y el inmenso orgullo de ser costarricenses.
Fuimos testigos cada cuatro años, cuando el 8 de mayo se transformaba en la mayor fiesta patria; un evento donde las banderas partidarias daban paso a que todos los costarricenses nos abrazáramos bajo nuestra única bandera, la nacional, la tricolor, para continuar construyendo, mediante el esfuerzo común, una patria mejor para todos.
Ante este panorama, resulta imperativo preguntarnos: ¿qué nos está pasando actualmente? Y más trascendental aún: ¿cuáles son las enseñanzas, los recuerdos y valores que guiarán a los niños y jóvenes que constituirán la sociedad adulta en un futuro no muy lejano? Resulta urgente rescatar los principios y valores que han distinguido siempre la historia de los costarricenses; la dignidad y el respeto hacia los demás deben ser la guía que impida que lo banal y lo pasajero terminen por sustituir la esencia de nuestra idiosincrasia.
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