Familias que sostienen la vida: Crónica desde un autobús

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Familias que sostienen la vida: Crónica desde un autobús
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Camino a San José, el bus avanzaba una cuadra por latido. A mi lado, un niño —de estatura como de cinco años pero con la edad cercana a los diez— descansaba confiadamente en el abrazo de su madre. No había estridencia: solo dos respiraciones al unísono. Me conmovió.

Le hablé.  Y me habló. Entre palabras sencillas apareció la verdad: además de cuidar a su hijo, ella atraviesa por un tratamiento de quimioterapia; en casa además le esperan dos adolescentes; junto a su esposo. No vi heroísmos de película, ni quejas, vi dignidad. Vi amor. Vi cansancio honesto. Y pensé en cuántas familias, en este país, sostienen y viven la vida, sin llamar la atención: organizan sus días entre citas médicas, trámites que se vuelven laberintos agobiantes y buses que no siempre se inclinan para que suba una silla de ruedas; noches en vela.

La empatía que necesitamos no es de lástima: es de corresponsabilidad. Es abrir paso en la calle y en las palabras. Es preguntar con respeto “¿Puedo ayudar de alguna forma?” sin invadir. Es entender que hay ritmos y movimientos distintos y que esto también es Costa Rica.

Pero el cuidado a otro no termina en un gesto personal: también es política pública. Hablamos de accesibilidad real en transporte, aceras y edificios; de atención oportuna en salud y educación; de apoyos económicos que no se disuelvan entre papeles y burocracia; de salud mental y espacios de respiro para quienes cuidan a otros. Hablamos de redes de barrio que acompañen, de escuelas que se coordinan, de centros de salud que atienden pero sobre todo escuchan, de instituciones que simplifican. La solidaridad e inclusión no es una limosna que se concede: es una casa que se construye entre todos para los menos favorecidos de la sociedad.

En ese bus entendí que la fuerza de Costa Rica no se mide en discursos, sino en cómo acompañamos a quienes más apoyo requieren: sean niñas, niños, jóvenes, adultos, personas con discapacidad, y a las personas cuidadoras que —con amor y cansancio— sostienen lo cotidiano, cuando la angustia se vuelve costumbre.

Este reconocimiento es para esa mujer que, abrazada a su hijo, seguramente viajaba esperanzada, pensando en la cita en el hospital; pero también lo es para las madres, padres, abuelas, abuelos, hermanas, hermanos, en fin para todos y cada uno de quienes tienden la mano cuando alguien necesita un auxilio, una ayuda.

Convirtamos la solidaridad y compasión en acción: hoy podemos ceder el asiento, abrir paso y esperar sin impaciencia; ofrecer una tarde de respiro, un traslado o una compañía a la cita; sumarnos a una red comunitaria, exigir accesibilidad y trámites sencillos; para quienes lo necesitan.

Que el abrazo de una madre y su hijo deje de ser una escena que enternece y se convierta en un pacto que nos convoca a todos.

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