Entreguemos la soberanía o actuemos ahora: Cuando el asombro por la sangre sustituye a la mirada sobre sus causas

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Entreguemos la soberanía o actuemos ahora: Cuando el asombro por la sangre sustituye a la mirada sobre sus causas
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Las imágenes que estremecen —allanamientos espectaculares, cifras, nombres— ocupan hoy nuestros noticieros y redes sociales. Todos nos quedamos horrorizados por los efectos: cuerpos, tiros, familias destrozadas. Pero habría que detenerse y preguntar, con la misma fuerza moral, por las causas. Porque lo que vemos no brotó de la nada: las estructuras criminales del Caribe Sur —y en otros rincones del país— son el resultado de años de omisión, negligencia y frases tranquilizadoras que buscaron normalizar lo intolerable.

No son organizaciones que aparezcan de la noche a la mañana. Son redes que se alimentaron de la inaccesibilidad a la educación, de viviendas indignas, de la falta de oportunidades laborales reales. Son estructuras que crecieron sobre el abandono institucional y la indiferencia de quienes deberían prever y prevenir. El Estado —esa institución que tiene el monopolio legítimo de la fuerza y la obligación de proteger— dejó durante años espacios sociales sin protección; en esos vacíos florecieron mafias que ofrecieron a muchos jóvenes una falsa salida: dinero fácil, sentido de pertenencia, poder inmediato. El resto —miedo, muerte, niños huérfanos— lo conocemos demasiado bien.

Peor aún el propio relato público se ha encargado muchas veces de minimizar el problema. La frase —desoladora por su simplicidad— “los que no andan en malos pasos, no tienen problemas” no es análisis, es estigma; no es política, es justificación. Con ella se silencian víctimas colaterales, se criminaliza la pobreza y se evade la obligación de políticas públicas integrales. Se olvida que los más vulnerables —y hoy son la mayor parte de las víctimas— no eligieron nacer en comunidades abandonadas; fueron empujados a la orilla por decisiones públicas de corto plazo y por el desvío de recursos que deberían haber ido a lo esencial.

No nos dejemos deslumbrar por un operativo monumental y luego volver al letargo. La captura puntual de líderes y el decomiso de bienes deben ser el principio, no el final. Si los golpes se limitan a titulares y no vienen acompañados de inteligencia sostenida, recuperación de activos, extradiciones cuando procedan, desarticulación financiera y políticas de prevención social, estaremos celebrando un parche sobre la hemorragia. Las mafias no solo son cuerpos armados: son economías ilegales que blanquean recursos, compran lealtades y penetran espacios sociales y políticos. Hay que despojarlas de su poder económico y político, no solo de sus cabecillas visibles.

Exigimos, asimismo, que las fuerzas preventivas y represivas dispongan de lo necesario —recursos, formación técnica, tecnología, logística— para sostener operaciones exitosas. Pero no basta con uniformes y blindajes: necesitamos una política de Estado que incluya educación real y accesible, programas de empleo genuinos en zonas rurales y costeras, viviendas dignas, salud mental, espacios culturales y deportivos para los jóvenes. Necesitamos reinserción, oportunidades y alternativas primero; represión inteligente y sostenida después.

A los políticos, de hoy y de mañana, les pedimos coherencia: quien promete seguridad debe entender que erradicar mafias requiere enfrentar sus raíces. Seamos francos: si no atendemos la pobreza estructural, la exclusión y la corrupción que posibilitan a estas organizaciones, vamos a llorar de rodillas una y otra vez por las mismas víctimas. No queremos arrepentirnos de pie y tarde; queremos actuar con la dignidad y la valentía de quien previene antes que lamentar.

Que el gran operativo reciente sea un punto de inflexión: que la evidencia de las bandas sirva para desarmar sus economías, desarticular sus redes de soporte y cerrar los corredores sociales que reclutan a la juventud. Y, sobre todo, que el Estado recupere su responsabilidad principal: proteger la vida y la dignidad de todos los ciudadanos, empezando por los más desprotegidos.

Si no lo hacemos, entregaremos poco a poco nuestra soberanía —la que protege a los ciudadanos— a manos mafiosas, con la complicidad silenciosa de políticos que usaron el cinismo y la banalidad. Y cuando eso ocurra, lloraremos de rodillas por lo que no supimos evitar estando de pie. No es una amenaza: es la consecuencia previsible de nuestra inacción. Actuemos. Ahora.

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