Democracia en juego: Votar para defender el futuro
La próxima jornada electoral del próximo primero de febrero de 2026 en Costa Rica, pone de relieve una característica esencial de nuestra democracia: el pluralismo. La coexistencia de múltiples corrientes ideológicas -desde posiciones más progresistas hasta miradas conservadoras. Esto amplía el menú de opciones y permite que distintos sectores se sientan representados.
Este abanico es saludable: fomenta el debate, obliga a los proyectos a afinar sus propuestas y ofrece a la ciudadanía la posibilidad de elegir no solo personas, sino modelos de país. Sin embargo, ese mismo dinamismo exige responsabilidad: donde hay diversidad también puede haber el riesgo de que, una vez en el poder, alguien busque concentrarlo y debilitar los contrapesos. La historia comparada demuestra que la autocracia puede emerger por vías electorales, cuando se normaliza la erosión de la prensa libre, la independencia judicial y los órganos de control, y cuando se confunde mayoría circunstancial con cheque en blanco.
Ante esta tensión -pluralismo fecundo y potencial de autocratización- la respuesta no es el temor, sino la madurez cívica. Votar es el primer acto de defensa institucional: quien se abstiene deja a otros decidir y reduce el costo político de agendas poco respetuosas de la separación de poderes y de la rendición de cuentas. Participar, informarse y evaluar planes de gobierno con lupa es la mejor vacuna contra la concentración de poder: exige metas claras, plazos verificables, fuentes de financiamiento transparentes y mecanismos de evaluación. También importa la gobernabilidad: la capacidad de construir acuerdos sin imponerlos, de respetar el marco constitucional y de fortalecer, no debilitar, los controles.
La ciudadanía puede -y debe- identificar señales tempranas de riesgos: descalificación sistemática de la prensa, intento de captura de instituciones autónomas, desprecio por la crítica, promesas de “soluciones” rápidas sin sustento, o reformas que busquen ampliar discrecionalidad sin mayor escrutinio. Frente a ello, el voto informado es un contrapeso eficaz. Además, la participación no termina en las urnas: vigilar el cumplimiento de promesas, apoyar iniciativas de transparencia, promover educación cívica y defender el acceso a información de calidad son tareas permanentes.
Costa Rica ha construido su reputación sobre instituciones sólidas y una cultura democrática participativa. Este capital no es inmutable: se renueva -o se erosiona- con cada elección y con cada decisión ciudadana. En este contexto, elegir no es solo preferir un programa; es custodiar el equilibrio entre pluralismo y límites al poder.
Que nadie decida por nosotros: este primer domingo de febrero, salgamos a votar con criterio, con esperanza y con la convicción de que la democracia se fortalece cuando todas y todos hacemos nuestra parte.
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