Costa Rica debe detener la violencia
Costa Rica enfrenta un reto que ya no admite indiferencia: detener la violencia. Y la primera violencia que debemos enfrentar es la verbal. El insulto, la descalificación y la agresión en el debate público crean un ambiente que termina afectando a toda la sociedad.
El ejemplo debe comenzar por quienes ejercen el poder. Los líderes de la República tienen una responsabilidad especial. No podemos pedir respeto a los jóvenes si los adultos que dirigen el país no son capaces de respetar a quienes piensan diferente. La democracia exige debate, pero también exige límites. Hay que ponderar las ideas, escuchar las opiniones y, sobre todo, saber oír con sentido común y respeto.
Lo ocurrido en Puntarenas, hace unos días, debe ser una llamada de atención. Los debates políticos, también en las municipalidades, deben desarrollarse con respeto. Situaciones bochornosas como las ocurridas allí no deben repetirse. Tampoco podemos aceptar que la confrontación agresiva se convierta en una práctica normal en las municipalidades, en la Asamblea Legislativa o en el Poder Ejecutivo.
La violencia no comienza con un arma. Muchas veces comienza con una palabra. Comienza cuando el insulto sustituye al argumento y cuando el adversario político deja de ser una persona con una opinión diferente para convertirse en un enemigo.
Por eso la respuesta debe ser nacional y debe comenzar a implementarse ahora.
El Ministerio de Educación tiene una responsabilidad enorme: formar una nueva generación. Hay que enseñar desde las aulas a respetar, a escuchar, a resolver conflictos y a defender las propias ideas sin agredir. No se trata solamente de transmitir conocimientos. Se trata de formar ciudadanos.
El Ministerio de Seguridad también tiene una gran responsabilidad. La seguridad no puede limitarse a reaccionar cuando el delito ya ocurrió. La prevención, el diálogo y la capacidad de evitar que los conflictos escalen también son instrumentos de paz.
Y el Ministerio de Justicia tiene otra tarea decisiva. Las cárceles deben contribuir a recuperar personas y a prepararlas para regresar a la sociedad. Allí también debemos formar. Si no rompemos los ciclos de violencia dentro y fuera de las cárceles, estaremos reproduciendo el mismo problema.
Pero hay una responsabilidad que atraviesa a todas las demás: el ejemplo de quienes gobiernan.
Costa Rica necesita recuperar una cultura de respeto. Necesita dirigentes capaces de discrepar sin insultar y ciudadanos capaces de defender sus ideas sin destruir al que piensa diferente.
El reto no es solamente detener la violencia de hoy. Es impedir que la violencia se convierta en la cultura del mañana.
Tenemos que formar una nueva generación. Una generación que entienda que la fuerza de una democracia no está en quién grita más, sino en quién sabe escuchar, argumentar y respetar.
Ese es el verdadero desafío de Costa Rica: Detener la violencia y reconstruir, desde ahora, nuestra cultura de paz.
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