Bienvenidos de vuelta el decoro, el respeto y la paz …
Durante los últimos 4 años, la confrontación constante, el lenguaje agresivo y la descalificación del adversario se convirtieron, lamentablemente, en parte del paisaje cotidiano. Desde distintos frentes —políticos, mediáticos e incluso ciudadanos— se normalizó una forma que poco aporta a la construcción colectiva y mucho menos al fortalecimiento democrático.
A la manipulación de cifras para sostener narrativas convenientes y un preocupante desprecio por el pensamiento ajeno, se sumaron expresiones de burla hacia condiciones personales, como la edad, y actitudes irrespetuosas hacia periodistas cuyo rol es, precisamente, cuestionar y fiscalizar el ejercicio del poder.
La una mayoría de la ciudadanía optó por una candidatura que representa continuidad en términos políticos, pero esa decisión no puede interpretarse como un aval automático a las formas que han caracterizado el discurso reciente.
La elección de una mujer como Presidente de la República abre, además, una expectativa simbólica y práctica. No se trata de una cuestión de género en sí misma, sino de lo que representa en términos de liderazgo: la posibilidad de imprimir un sello distinto al ejercicio del poder. Un estilo que privilegie el respeto, el decoro, el uso adecuado del lenguaje y, sobre todo, la capacidad de escuchar y dialogar con quienes piensan diferente.
Costa Rica goza de una institucionalidad democrática que ha sido ejemplo en el mundo. Esa fortaleza no es casual ni automática; requiere cuidado constante. El tono con el que se dirige la máxima autoridad del país no es un detalle menor: marca pauta, define estándares y envía señales claras sobre qué es aceptable en el debate público.
Por eso, lo que hoy se espera no es simplemente continuidad en políticas públicas, sino una transformación en la forma de ejercer el liderazgo. La ciudadanía —esa que cada día sale a trabajar, a estudiar, a sostener el país desde lo cotidiano— anhela un cambio en el tono, en las formas y en la actitud. Se espera respeto por las diferencias, apertura al diálogo y una conducción que priorice los resultados por encima del espectáculo discursivo.
El país demanda ejecución, claridad en las decisiones y un compromiso real con los problemas que afectan a la población. Pero esa ejecución debe ir acompañada de un lenguaje que construya, no que divida; que convoque, no que excluya.
El inicio de una nueva administración a partir del pasado 08 de mayo representa, en ese sentido, una oportunidad invaluable. No solo para avanzar en la agenda país, sino para dignificar el ejercicio de la Presidencia de la República. La investidura exige altura, templanza y respeto. Y es precisamente eso lo que muchos costarricenses esperamos: que quien ocupe la primera magistratura encarne, con su conducta diaria, los valores que han sostenido nuestra democracia.
Gobernar no es solo tomar decisiones; es también hacerlo de una manera que fortalezca el tejido social. Recuperar el decoro, el buen trato y el diálogo no es un lujo, es una necesidad urgente. Costa Rica merece una política a la altura de su historia y de su gente.
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