La hora de los límites

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Llega un nuevo 5 de junio, Día Mundial del Ambiente, y las redes sociales volverán a inundarse de retratos amables: gente sembrando un árbol, llevando la bolsa de tela al supermercado o arrojando una botella al contenedor de reciclaje. Sin duda, son gestos valiosos, pero la cruda realidad científica exige otro nivel de compromiso: reconocer que la vida en la Tierra está siendo puesta en jaque.

Los datos son inapelables: ya hemos superado la mayoría de los límites planetarios. Nuestro modelo extractivista ha disparado el CO₂ y el metano en la atmósfera; ha agotado minerales y tierras fértiles; ha derretido los polos y desencadenado la sexta gran extinción en la biosfera; ha acidificado, calentado y contaminado con plásticos el Océano; y ha convertido el agua potable en un bien cada vez más escaso.   Peor aún: estas crisis interconectadas generan efectos en cadena y abalanzan nuevos peligros que no alcanzamos a prever, y quienes sufren las peores consecuencias son los ecosistemas y las comunidades más vulnerables.

La raíz del problema es un modelo económico que celebra el crecimiento infinito y el consumo voraz, ciego por élites políticas que apuestan a votos fáciles en lugar de un futuro habitable, donde haya suficiente para todos y todas, y no permita el exceso para unos pocos.

Hoy enfrentamos una paradoja inédita: lo que nos enseñaron como éxito: crecer sin freno es justo lo que ha traído el colapso ambiental.  Pero sin planeta no hay negocios, por eso la economía global, que depende en más del 60 % de los recursos naturales, debe reinventarse al calor de la urgencia climática.

El discurso de la “sostenibilidad” y la simple “compensación” ya no basta. Necesitamos una agenda política de Adaptación y Regeneración que implica: Reducir la expansión de la economía lineal y la dependencia de combustibles fósiles, prohibir la obsolescencia programada, impulsar economías locales y circulares, acortando cadenas de suministro y sobre todo diseñar y aprobar leyes ambiciosas que ataquen las causas estructurales de la crisis.

En Costa Rica, país que ha construido su marca alrededor de la protección de la naturaleza, es hora de dejar de ver hacia otro lado y pasar a la acción ejecutiva y legislativa. Porque lo ambiental es transversal a toda actividad humana, al empleo, a la producción, a la alimentación, al agua, a la diplomacia, a la vivienda, a la salud pública, a la movilidad, a la seguridad y a los derechos de todos y todas.

Cuando el ambiente queda fuera del debate público, no desaparece el problema: desaparece la posibilidad de tomar decisiones informadas sobre lo común. Porque hablar de ambiente obliga a hablar de límites y de responsabilidades compartidas. Obliga a discutir bajo qué reglas se gestionan bienes que no pertenecen a nadie en particular, pero de los que dependemos todas las personas.

Hoy, Día Mundial del Ambiente, es un buen día para exigir a nuestros gobiernos -nacionales y municipales- agendas claras y vinculantes. Un día para organizar movilizaciones sociales y foros ciudadanos que conviertan la emergencia climática en una oportunidad para redefinir el contrato social.  Porque sólo a través de la voluntad política y la participación activa de la ciudadanía podremos asegurar un mañana.

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