Una nueva cultura socio-política

En esta nueva etapa socio-política se vislumbra como indispensable el comienzo de una nueva cultura y el consiguiente cambio de mentalidad. Este proceso de adopción se torna difícil si se tiene en cuenta la pasividad y lentitud del costarricense ante los cambios; pero cualquiera sea el modo de reaccionar, la necesidad del cambio se impone. Tanto el régimen democrático imperante como el Estado de derecho lo demandan; no se tome con simplicidad, y en algunas personas con menosprecio, el hecho de tener y disfrutar de la primera democracia latinoamericana.

Esta realidad nacional es escuela para toda América Latina, urgida de instalar la democracia en los países hermanos. Apreciemos aún más el tesoro puesto en nuestras manos. Es como una piedra preciosa cuya luz ilumina nuestras vidas. Adoptemos esta nueva cultura. Y cultura son muchas cosas: orden, comprensión, pensamiento, defensa de la verdad, comunicación, lectura, arte, música, conversación, generosidad, cooperación, respeto, lenguaje, tolerancia, valores humanos y espirituales, aceptarse como persona, amor a Dios y al próximo, y tantas cosas más.

No obstante, solo sirviendo y siendo útiles para hacer la vida agradable a los demás, somos personas únicas e irrepetibles. Nadie se aísle de estos horizontes, más promisorios que los útiles y necesarios adelantos científicos y tecnológicos. Defendamos la condición invaluable de ser personas ubicadas más allá de estos adelantos. No somos un conjunto de células, emociones y preferencias sujetas al vaivén de la ciencia y la tecnología: la persona humana está primero, porque una y otra  están a nuestro servicio.

Una nueva cultura política que acabe con ese montículo creciente de leyes y reglamentos que entorpecen el progreso del país, se hace indispensable apoyar todo cuanto agilice ese progreso, esa mejora personal y social. El país no puede seguir amontonando leyes, reglamentos y disposiciones y trabas burocráticas. Las cosas deben volverse fáciles, no difíciles. Los diputados dejen de creer que el país es más seguro sometiéndolo al rigor de las leyes. Todo lo contrario, es más ágil y seguro cuanto menos leyes haya. Se camina mejor por un camino sin piedras.

Un país tan pequeño como Costa Rica, no debe alimentar el absurdo de mantener 330 instituciones públicas. Démosle vuelta a la página y adoptemos una cultura política abierta a la libertad responsable.

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