Sin temor a la igualdad

Fue en diciembre de 1993 durante la Conferencia Mundial de Naciones Unidas llevada a cabo en Viena, Austria en la que, por primera vez, se reconoció que los derechos de las mujeres eran derechos humanos. Con esto se asumió y se aceptó que la violencia que se dirigía en contra nuestra, constituía, y constituye aún, una violación de los derechos humanos. Hace apenas 25 años las mujeres obtuvimos este reconocimiento por el que nuestras congéneres empezaron a luchar desde los tiempos de la Revolución Francesa, cuando Olympia de Gouges escribió La Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana para después ser llevada a la guillotina por el atrevimiento de demandar para las mujeres aquello que se les reconocía a los hombres.

La reconocida jurista costarricense Alda Facio Montejo, ha llamado al hito histórico acaecido en Viena, el día que las mujeres se convirtieron en humanas, frase que nos conduce a reflexionar con respecto, al hecho de que a aquellas poblaciones a las que se les niega el disfrute de las libertades fundamentales, se les niega también su condición de persona. Cabe recordar que los derechos humanos componen los mínimos necesarios para que las personas puedan vivir y desarrollarse en condiciones dignas.

Cada 08 de marzo el mundo reconoce el largo camino recorrido por las mujeres para la consecución y el disfrute de garantías básicas. Cada vez que el calendario llega a esta fecha, las mujeres le recordamos al mundo las deudas pendientes para hacer realidad la igualdad, la justicia y el verdadero disfrute de nuestros derechos; y aunque podemos contabilizar los avances obtenidos, también es cierto que aún ahora, cerca de concluir la segunda década del siglo XXI, si no velamos por los logros alcanzados podríamos llegar a perderlos.

Todavía en nuestros días, es fácil escuchar a diversas personas preguntarse el porqué de una fecha exclusiva para las mujeres. Un sector de la población no alcanza comprender el significado real de la palabra igualdad y erróneamente la confunden con semejanza, la piensan como la condición de ser una cosa o persona idéntica a la otra.

Muy por el contrario, a lo que puede pensarse, la igualdad es un derecho y un valor que no desconoce las diferencias, es por ello que, en el caso de las mujeres, se reconoce la asimetría histórica presente en relación con los hombres, y se asume la aplicación de medidas afirmativas de carácter temporal como un intento de igualar sus puntos de partida lo cuales han sido, ancestralmente, desventajosos para las mujeres.

¿Qué necesitamos para transformar nuestra sociedad, para hacer de ella un espacio digno para todas las personas? Para la consecución de esto, es prioritario que asumamos la igualdad como el valor de cambio que es, como el motor que puede conducirnos a lograr que lo distinto no sea tratado como inferior. Cuando comprendamos que ella no va contra nada ni contra nadie, entonces podremos darnos cuenta de que la paz, la justicia social y la sana convivencia solo pueden germinar en un terreno abonado por el principio de la igualdad. En ese momento, habremos dejado de estar amenazadas por el fantasma del retroceso.

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