Que la recuperación de la ética sea un asunto relevante

En los últimos años se ha enfatizado en la importancia de que los partidos políticos tengan claro que la ética pública debe analizar a profundidad el perfil, la formación y el comportamiento, tanto responsable como comprometido, de quienes se ocupan de los asuntos públicos. A la vez se insiste en que un servidor público con responsabilidad ética debe observar los principios y las reglas de la conducta ética, ejecutar sus funciones con eficacia y calidad y satisfacer de forma continua las necesidades de la sociedad.

No obstante, pese a tanta insistencia en el valor de la ética pública, pareciera que tal propósito ha quedado muchas veces en un simple discurso político pues es recurrente la pregunta de ¿qué tan responsables y comprometidos han sido realmente quienes han ocupado cargos públicos? Por supuesto no se trata de establecer falsas generalizaciones, pero sí hemos sido testigos de varios casos donde la ética pública ha quedado sumida en la penumbra por quienes deberían ejercer un cargo público con extrema responsabilidad.

Este es un tema que debe ser de recurrente debate, tanto en medios de comunicación como en los centros educativos y hasta en hogares, máxime que acabamos de concluir un proceso electoral donde cada representante municipal debe tener bien claro que en la ética pública el ser responsable es una virtud que invita a tomar decisiones de manera consciente, teniendo un conocimiento claro de lo que se hace y, a la vez, que se acepten las consecuencias de cada acto realizado.

Además, como ciudadanos debemos exigir a quienes fueron electos en las urnas electorales que realmente den muestra de que su promoción de la ética pública está yendo de la mano con la transparencia, pues esta es un elemento que va estableciendo una cultura donde el comportamiento de los servidores públicos sea responsable y objetivo con el fin de servir a los ciudadanos.

Es un buen tiempo para medir si efectivamente la ética pública que se pregona en cada partido está apuntando al convencimiento de un buen accionar que promuevan una convivencia sana y que posibilite a quienes resultaron elegidos a tener un desarrollo personal, profesional y social enmarcado en un ámbito altamente motivado a dejar una positiva huella en cada una de sus labores públicas.

Ya no es tiempo de inacciones, es el momento de que el compromiso con la ética pública sea real, mayor y ejemplificador. Es hora de que sus comportamientos en la función pública sean confiables; que la recuperación de la ética sea un asunto relevante y que representen, efectivamente, los intereses y derechos de la comunidad a la que servirán.

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